Unos calcetines, una conversación

Tratamos de explicarnos esas conductas extrañas.
Aceptamos que se puede estar enfadada y triste y enfadada
a la vez.
Y mucho.

Sopesamos la posibilidad de introducir un tercer narrador
en los tiempos muertos para revivirlos
(no está nada claro).

La de recortar palabras de un periódico o, mejor, de un libro. 
Ver los huecos,
construir un edificio solamente con sustantivos.

Encontramos como caída en el suelo otra cosa que mi padre hizo sin
   querer.

Repasamos cómo va la carrera literaria de nuestros alumnos (y nos
  alegramos tanto).

Descubrimos que podríamos comer todos juntos los días que hay pollo
  asado:
faltan pechugas y sobran muslos (cómo es posible).

Calculamos cuántos ferrerorrocher podríamos comernos sin considerar
   que era gula.

(Hago una foto de la cara risueña y manchada de alubias negras
    guisadas
de la nena).

Lo del tercer narrador piénsatelo,
me he ganado una cerveza, dije,
pero no fui a por ella porque el vértigo y las pastillas
y aún tenía que volver a casa.

(Me parece extraordinario
que nos hayamos acostumbrado a esta nueva periodicidad
no periódica, a saltos 
de mata, 
de trabajo, 
de familia
y de escritura.
O no).

Había ido a desemparejar 
y repartirnos unos calcetines calentitos, 
y justo antes del baño de la nena
supimos que se había muerto Almudena Grandes.
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La mantícora del apocalipsis

La mantícora del apocalipsis es más bien tirando a azul, a diferencia de las primaverales, que son rosadas. Para cosecharlas, lo mejor es sorprenderlas por la espalda, imitar el canto del cuco y tirarles un trozo de pan duro. Eso hará que se queden mudas, con lo que tendremos tiempo de cantar la canción de la caza entera (el estribillo dos veces) y luego marcharnos sin perder el sombrero con la mantícora mansamente doblada en el bolsillo del pantalón.

(foto: Mantícora oculta entre el follaje).

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A veces sucede || Brian Patten

Fuente
Fuente de la Posada Rural Los Jerónimos, La Tuda (Zamora), noviembre de 2021. (c) Pablo Insua (@pabpol en Instagram, puedes leer sus reseñas de libros en @pabpolbooks)
Y a veces sucede que sois amigos y después
ya no lo sois,
y la amistad ha pasado.
Y se pierden días enteros y entre ellos
una fuente se vacía.

Y a veces sucede que eres amada y después
ya no te aman,
y el amor ha pasado.
Y se pierden días enteros y entre ellos
una fuente se vacía en la hierba.

Y a veces quieres hablar con ella y después
ya no quieres hablar,
después la oportunidad ha pasado.
Tus sueños refulgen de pronto, súbitamente se desvanecen.

Y también sucede que no hay adonde ir y después
hay un lugar adonde ir,
después has pasado
     sin detenerte.
Y los años refulgen de pronto y desaparecen
rápidos como un minuto.

Así que no tienes nada.
Te preguntas si estas cosas importan y después
en cuanto empiezas a preguntarte si estas cosas importan
dejan de importar,
y la preocupación ha pasado.
Y una fuente se vacía en la hierba.

Texto original: Brian Patten, Sometimes It Happens.

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Pollo a la Kiev, feliz cumpleaños

La primera vez que fui a ver a Cristina a Londres, me volví con una almohada en forma de uve invertida para leer en la cama, un paraguas azul cobalto plegable superligero y dos cajas de pollo a la Kiev de Marks & Spencer. Ninguna de las tres cosas, que había probado en su casa, existían aún en España y me habían parecido, respectivamente, cómoda, práctico y delicioso.

La almohada me sigue acompañando en todas mis mudanzas, el paraguas lo perdí una noche en Lavapiés y el pollo a la Kiev se convirtió en algo obligado cuando iba yo a Londres (alguna vez, a cambio de una maleta pequeña llena de cartones de Gitanes sin filtro) o venía ella a Madrid.

Cristina y yo trabajamos juntas en varios proyectos; el más emocionante, la noche entera de 1999 que pasamos traduciendo para el abogado Joan Garcés una resolución judicial sobre la extradición a España de Pinochet. Armada de una botella de 2 litros de cocacola y una bandeja de sándwiches, yo traducía a toda velocidad y le mandaba por correo electrónico los términos dudosos, y ella, que se quedó de guardia conmigo, los buscaba y me los devolvía resueltos.

A veces, cuando su uruguayo y mi madrileño nos llevaban a mirarnos con desconcierto y risa, hablábamos en inglés.

Cristina murió en 2019, poco antes de su cumpleaños. Los Gitanes se habían cobrado su precio: la última vez que la vi, ya necesitaba 12 horas diarias de oxígeno y una silla de ruedas. Para ir por su barrio, usaba una eléctrica que una noche, cuando volvíamos del restaurante indio donde habíamos cenado, se empeñó en dejarme probar. No pasaba nadie por la calle y ella, contenta como una niña, se quedó de pie sonriendo mientras yo trataba de ir en línea recta sin frenazos ni acelerones. En aquella visita, se nos olvidó el pollo, pero me buscó ropa con los colores de la bandera republicana y me hizo fotos en el jardín mientras coreábamos, muertas de risa: «¡Obreros y elefantes / unidos adelante! / España mañana / será republicana»; esa mañana había abdicado Juan Carlos I.

El año que murió, busqué en Internet la receta e intenté hacer, en su honor, pollo a la Kiev el día de su cumpleaños. El año siguiente, volví a intentarlo. Este año he ido a un restaurante ruso. Me temo que el que viene tendré que volver a Londres y comprar un par de cajas de pollo a la Kiev en Marks & Spencer.

Feliz cumpleaños, Cristina.

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Las sillas

Acababa de mudarme y necesitaba unas sillas. Mirando anuncios y fotos, me sorprendí pensando si serían cómodas para mi padre. Lloré un poco. Me reí. Compré las sillas. Un mes después compré más cosas: visillos, un perchero, un espejo. Cuando llegaron a casa descubrí que, sin darme cuenta, había terminado comprando el cojín. Por si la silla era demasiado dura para mi padre.

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