El blanco es el color de luto para los chinos || Berna Wang

boca de metro de Retiro

AFP, Gabriel Bouys.

Hace luz de nieve y los sonidos están nevados. Abro los ojos y sé que no estoy muerta porque, de ser así, estaría discutiendo de política con mi padre, como siempre. La luz es diferente y hay silencio en la M-30. Es él, mi padre, el que está muerto.

Para ir a casa de mi madre cojo el autobús hasta el Hospital del Niño Jesús y cruzo al otro lado de la avenida, hasta el Retiro. Suele ser aún de noche y atravesar el parque a pie en la oscuridad es un regalo: no hay casi nadie y puedo bajarme la mascarilla para oler los árboles; me quito los auriculares para escuchar a los pájaros y el sonido de mis pasos sobre la tierra. Saludo, al pasar, al caballo más triste del mundo, el caballo cabizbajo que monta el general Martínez Campos. Y en la Puerta de Alcalá cojo otro autobús.

Marta dice que mira en Instagram las fotos de la Gran Vía que hago desde el autobús y que le gusta imaginarme camino de casa de mi madre.

Leo en el periódico que la tormenta de nieve ha arrancado o mutilado más de la mitad de los árboles del Retiro y que el parque estará cerrado varios meses. Cuando murió mi padre encargué una corona de flores blancas porque el blanco es el color de luto de los chinos. Pienso en el Retiro, todavía nevado, en lo solo que estará estos meses el caballo de Martínez Campos. Y pienso en mi padre muerto. En la madre de Elena. En el padre de Vanesa. Y en Ramón, que era más joven que yo. En lo solos que estamos al final en medio de toda esa blancura.

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Las sillas

Acababa de mudarme y necesitaba unas sillas. Mirando anuncios y fotos, me sorprendí pensando si serían cómodas para mi padre. Lloré un poco. Me reí. Compré las sillas. Un mes después compré más cosas: visillos, un perchero, un espejo. Cuando llegaron a casa descubrí que, sin darme cuenta, había terminado comprando el cojín. Por si la silla era demasiado dura para mi padre.

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Yo también me acuerdo

Plaza de Tiananmen, 4 de junio de 1989. Foto de Jeff Widener

Hace 32 años vivíamos aún en Madrid, en el piso de Manuela Malasaña, y esa madrugada teníamos los balcones abiertos y la televisión, la radio y la ansiedad encendidas, pendientes de lo que ocurría en Pekín. El ruido despertó al niño, que vino frotándose los ojos al salón y preguntó qué pasaba. No recuerdo qué le dijimos. Sí que no quiso volver a su cuarto y que se tumbó en el sofá. Y que le cubrí con un abrigo para que no tuviera frío.

Qué tristeza.

Mi madre ya no recuerda mi cumpleaños, pero cuando le dije, hace unos días, que pronto sería junio, me miró y me dijo: «Junio… ¿Por qué me suena el 4 de junio? Me acuerdo de que salimos a protestar tu padre, tu hermano y yo. ¿Qué pasó ese día?»

La matanza de Tiananmen, mamá, ese día fue lo de Tiananmen. Y yo también me acuerdo.

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Las listas de gratitud son una sandez. Fue una lista de «ingratitud» lo que me salvó || Liz Brown

ingratitudCada día, durante años, probé la vía de la positividad. Pero solo me sentí más enfadada, más triste y más profundamente avergonzada.

Llevaba deprimida mis buenos tres años cuando me dí cuenta de que las listas de gratitud estaban poniéndome enferma.

Tras más de quince años en remisión, mi depresión asomó su fea cabeza después de un brutal rechazo artístico y la pérdida de un espacio creativo que era realmente importante para mí. El rechazo no era algo nuevo, pero este me golpeó tan fuerte que era incapaz de volver a levantarme. Empezaba cada mañana con un llanto horroroso y terminaba cada noche con un atracón de gintonics.

Luego perdí el trabajo. Luego murió mi gato. Luego murió mi OTRO gato. Luego venció el préstamo estudiantil cuyo pago llevaba seis años aplazando… con los intereses de seis años. Luego, la última gata que me quedaba perdió el uso de la parte inferior del cuerpo y se arrastró por el apartamento con las dos patas delanteras, chorreando pis por todas partes, durante ocho meses hasta que murió. Luego murió mi suegro. Luego mi perro tuvo cáncer.

Casi todas las personas a las que les contaba mi depresión tenían exactamente el mismo consejo para mí: ¡haz una lista de gratitud!

La depresión aumenta inexorablemente en Estados Unidos. En los últimos años, la postura del «culto a la positividad» promociona la expresión de una «actitud de gratitud» como la mayor innovación en la lucha contra la depresión desde el Prozac.

Empecé a hacer listas de gratitud todos los días, siguiendo atentamente las instrucciones y asegurándome de ser concreta con las razones por las que estaba agradecida: tenía un marido cariñoso que se reía de las mismas escenas crípticas de Saturday Night Live que yo. Tenía un apartamento regalado en el barrio más de moda de Los Ángeles. Tenía una representante que me conseguía importantes audiciones de Hollywood para hacer bolos bien pagados. Acababa de conseguir un nuevo trabajo para hacer desde casa que me iba a dar más tiempo para escribir y centrarme en mis propios proyectos creativos. Mi perro tenía cáncer, pero de momento seguía vivo.

Escudriñé mi psique en busca de señales de cambio y vi uno bastante rápido. Me sentía peor. Sentía rabia. Me sentía más enfadada y más triste y profundamente avergonzada. La sensación asfixiante en la garganta y la presión constante en el pecho empeoraban. Cada vez que miraba mis listas, me decía: «Mi vida no es tan mala. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué sigo sintiéndome fatal? No soy más que una niña consentida y una gilipollas egoísta y autocompasiva. Qué asco. Soy una mierda».

Después de unos cien días de hacer listas de gratitud, decenas de miles de dólares de psicoterapia, cinco antidepresivos diferentes, cuatro meses como paciente externa en un hospital psiquiátrico (donde me recomendaron encarecidamente que hiciera listas de gratitud) y una miriada de costosos tratamientos alternativos, había renunciado a toda esperanza de sentirme mejor algún día. Entonces mi psiquiatra me sugirió que hablase con un terapeuta de su oficina que trabajaba con personas con antecedentes de trauma. «Genial —pensé—. Otra oportunidad de soltar más dinero a alguien que no puede ayudarme». Me hice callar, me dije que agradeciera este ofrecimiento… y lo añadiera a la lista de gratitud de mañana.

Mi nuevo terapeuta me dijo que escribiera todo lo que hubiera hecho y pensado y lo que me hubiera dicho a mí misma durante el día y le mandase la lista cada noche para averiguar lo que estaba pasando realmente. Lo hice, asegurándome de destacar lo positivo de mi jornada para demostrarle que reconocía que sí que había algunas cosas buenas en mi vida. Cuando fui a mi siguiente sesión, me dijo las palabras que llevaba años deseando oír:

—Madre mía, su vida es UNA MIERDA ahora mismo.

—No es tan mala —dije, nerviosa, dando por sentado que era un incompetente total o que me estaba tendiendo una trampa—. Tengo mucho por lo que estar agradecida.

—¿En serio? —respondió, y luego procedió a enumerar lo que había observado en mis registros diarios: que había trabajado años en el turno de noche, lo que significaba que apenas dormía; que el apartamento donde vivía era tan barato porque era oscuro y estrecho, y estaba infestado de hormigas y cayéndose a pedazos; que mi marido y yo estábamos criando a un bebé en una de las ciudades más caras del país, donde un bungalow ruinoso de dos dormitorios sin patio ni espacios para aparcar costaba a partir de 800.000 dólares; que no tenía una red de apoyo familiar, pues mi pariente más próximo vivía a casi 5.000 kilómetros; que años de trabajar en casa me habían dejado totalmente aislada y con muy pocos amigos; que estaba bajo una presión económica extrema debido a la descomunal deuda del préstamo estudiantil; que era una escritora que no tenía tiempo ni energía para escribir porque estaba muy atareada tratando de apagar los incendios del resto de mi vida; que las pocas cosas para las que sí tenía tiempo de escribir eran rechazadas una y otra vez; que había ido a audiciones para más de 150 anuncios y nunca me habían contratado para ninguno; que me había gastado los escasos ahorros de toda mi vida en años de tratamientos psicológicos que no me cubría el seguro y que no habían funcionado; que cada día me despertaba con un dolor de espalda insoportable; que me había criado en una familia emocionalmente abusiva en la que mi madre me animaba a ver Pollyanna todo el rato mientras mi padre, que padecía un trastorno de estrés postraumático y daño cerebral traumático, tenía explosiones de rabia sin previo aviso; que tenía que pasar con mi bebé literalmente por encima de los cuerpos de los drogadictos sintecho inconscientes que dormían delante de nuestra casa; que la caja de cambios del coche se había esfumado a los cuatro meses de pagar el coche; que mis tres gatos habían muerto en los últimos tres años y que mi perro tenía cáncer, el caso más grave y rápido que, según mi veterinaria, había visto en sus 20 años de ejercicio.

Todo eso era muy jodido, dijo mi nuevo terapeuta.

—He estado haciendo listas de gratitud —dije—. Estoy tratando en serio de ver el lado bueno.

—Que les den —dijo—. Deje eso inmediatamente. Es lo último que necesita. Necesita hacer una lista de ingratitud. Debería estar CABREADA. La verdad, su vida es una mierda ahora mismo. No digo que no haya cosa buenas, pero tiene que dejar de intentar fingir que no duele. Necesita hacer una lista de «Esto es una putada como la copa de un pino».

Me eché a reír por primera vez en siglos. Salí de su despacho con una sonrisa enorme, nadando en un mar de alivio. Cuando me desperté al día siguiente, me sentía fatal. Pero no me sentía fatal por sentirme fatal. Y no creía que estaba loca o era una egoísta o estaba autocompadeciéndome o era una INGRATA. Estaba triste y estresada porque mi vida era triste y estresante. Y eso era un enorme alivio.

Me había pasado años escuchando a personas bienintencionadas que me decían que diera las gracias por la suerte que tenía; que contase mis bendiciones, que hiciera listas de gratitud, que pensara en toda la gente que estaba mucho peor que yo, que sonriera aunque tuviera el corazón destrozado, que tuviera una actitud más positiva. De lo que no se daban cuenta era de que, aunque estas prácticas servían a mucha gente, en mi caso hacían que me sintiera avergonzada por ser sincera sobre lo mal que me sentía y superar ese dolor. Cada vez que me enfadaba por mi situación, oía: «Fíjate en lo positivo», «mira el lado bueno» y, lo peor de todo: «Sonríe: está clínicamente demostrado que ayuda a levantar el ánimo». A lo único a lo que me impulsaban estos consejos era a tragarme cada vez más dentro mis sentimientos reales y legítimos de frustración, tristeza y miedo. Es probable que eso tuviera algo que ver con la sensación de ahogo constante en la garganta y la presión en el pecho. Mi nuevo terapeuta tenía razón. Estaba triste y furiosa y hecha polvo y dolida y agotada y aterrorizada y abrumada y sin esperanza.

Empecé a escribir mi primera lista de ingratitud y mi lápiz voló sobre la página como una artista tocada de pronto por la inspiración divina. Adorné mi lista con todas las palabras obscenas que describían todas las desgracias que me habían caído encima, grandes y pequeñas: muertes, enfermedades, decepciones, represiones, opresiones, impuestos, préstamos, comentarios insensibles, oportunidades perdidas, traiciones de gilipollas a quienes había tomado por amigos y que ahora eran millonarios, promesas vacías de gente a la que había dado mi confianza, malestares, dolores, preocupaciones, pánicos y una hemorroides inencogible. Hice un dibujo de las obras que hacía dos años que veía desde mi dormitorio quemándose hasta los cimientos. A la siguiente persona que me dijo en la calle que sonriera le dije: «Vete a la mierda, qué sabrás tú de mi vida, imbécil».

La depresión no es señal de egoísmo o de ingratitud. Sonreír no sirve de nada. Y, desde luego, pensar que hay personas que están mucho peor que yo no sirve de nada. Francamente, no me imagino cómo podría servir de algo. ¿Por qué pensar en el sufrimiento más terrible de otra persona iba a aliviar el mío? Es como decirle a alguien que no tiene ningún motivo para llorar porque no se está muriendo de disentería mientras trabaja jornadas de 14 horas en un taller clandestino del Tercer Mundo. Puedes estar deprimida aunque no te estén sometiendo a tortura constantemente en un campo de prisioneros de guerra.

Las listas de gratitud no me sirvieron de nada. Escribirlas era una práctica que me llevaba a una vergüenza y a un odio a mí misma más profundos cuando yo ya estaba en un lugar muy oscuro. Las listas de gratitud implican que quienes sufrimos elegimos el sufrimiento y simplemente no nos estamos esforzando lo bastante, y que si tuviéramos pensamientos felices flotaríamos sobre nuestros problemas como los niños en Peter Pan.

Mis listas de ingratitud me ayudaron a llorar por lo que había perdido y por lo que me había perdido, por aquello en lo que me habían engañado y por todas las veces que la vida me había golpeado directamente en el corazón. Aprendí que meter el enfado y la tristeza bajo una pila de listas de agradecimiento no hace que desaparezcan. Escribir las cosas que me hacían sentirme mal y furiosa tampoco hizo que desaparecieran, pero me ayudó a centrarme en las cosas de mi vida que quería cambiar porque me hacían sufrir una y otra vez. Mis listas de ingratitud me dieron un rumbo, metas, y me ayudaron a alejarme de la vergüenza y a ir hacia la aceptación y la acción. Me sigue doliendo el alma, pero ya no me grito por ser una egoísta ni por estar triste.

Tiré a la papelera mis listas de gratitud y aplaudí mientras miraba cómo el camión de la basura levantaba el cubo y las pilas de hojas de mi libreta volaban hasta el pestilente contenedor junto con el resto de la porquería.

La próxima vez que alguien me diga que vea el lado bueno, le diré que eso hago. Estoy dejando que mi negatividad hermosa, real y sincera reciba la atención que merece. Llevaba demasiado tiempo encerrada en el sótano.

 

Texto original en inglés: Gratitude Lists Are B.S. — It Was an “Ingratitude” List That Saved Me, publicado el 4 de agosto de 2017 en GH.

 

Desde enero de 2013 traduzco del inglés al español textos sobre budismo y los publico en mi blog ‘Dharma en español’ . En septiembre de 2015 abrí este segundo blog para traducir y publicar otros textos, incluso algunos textos propios. Mi intención es seguir haciéndolo como hasta ahora, gratuitamente. Si te ha sido útil lo que has leído y quieres invitarme a un café, puedes hacerlo aquí 🙂 Este dinero me permitirá «comprar más tiempo» para dedicar a estas traducciones. ¡Gracias!

 

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El recorrido desde el trauma infantil hasta la adicción || Billy Manas

«¿Te importaría cambiarte?»

Cuando mi madre me preguntó eso, creí que se refería a que iba a llevarme a casa para que me cambiara de ropa. Desgraciadamente, lo que me estaba preguntando era si me importaba cambiarme del horario de mañana del jardín de infancia al de tarde.

Como muchos niños de cinco años, mi comprensión de cómo funcionaba el mundo era bastante limitada.

Al día siguiente, me presentaron a mi nueva maestra y a otros 30 niños y niñas totalmente desconocidos. Fue un poco abrumador, pero me preparó para lo que estaba por venir.

Entre el primer grado y el decimosegundo, fui a 12 colegios. En ese periodo, mis padres pasaron por el proceso de vender nuestra casa y comprar otra unas siete veces. En un barrio tras otro, yo era el perpetuo «niño nuevo». Siempre desconocido, fuera de lugar y desarraigado.

Esta situación configuró quién fui en mi infancia. Al no haber tenido nunca la oportunidad de aprender de la amistad o de crear lazos duraderos con otros niños y niñas de mi edad, no tuve mucha más elección que convertirme en un solitario. Mi guitarra, mis discos y mis libros eran las únicas cosas que podía llevar de ciudad en ciudad y la única constante en mi vida.

El colegio, por otra parte, fue siempre un suceso traumático tras otro. Mi incapacidad para llevarme bien con mis iguales desembocó en una serie casi interminable de acoso, amenazas y, cuando fui lo bastante mayor, rechazos de chicas. Si hubiera tenido la suficiente sutileza, es probable que habría podido superado el reto de ser uno de los niños más pequeños de mi clase; sin embargo, la sutileza es un atributo que no es fácil de adquirir para alguien constantemente marginado.

Tenía 20 años y estaba en la universidad la primera vez que me fumé un canuto y, mirando atrás, fue un momento significativo. En el momento en que estuve colocado, sentí como si me hubieran liberado de las cadenas que había llevado toda mi vida. Me hice el propósito de no volver a sentir nunca jamás lo que había estado sintiendo. Ese fue el principio de una relación de amor/odio con sustancias ilegales que duró veinte años.

Por desgracia, no soy la excepción. En mis nueve años de abstinencia, las innumerables reuniones de Narcóticos Anónimos a las que he asistido y las charlas que he dado como voluntario en cárceles y centros de rehabilitación, no recuerdo ni una sola vez que alguien dijera que había empezado a colocarse porque era divertido.

La adicción, en la medida en que pude observar, era un fenómeno que empezaba de forma accidental. Era como si todas estas personas hubieran estado llevando consigo cientos de kilos durante toda su infancia y luego hubieran descubierto una forma de quitárselos por fin de encima. Una vez que había pasado eso, era casi imposible volver a cargar con ellos.

Este es el grave problema de la recuperación. No se trata solamente de dejar de meterse ciertas sustancias en el cuerpo. Es la reconstrucción general de toda una serie de mecanismos de afrontamiento. Es mucho más complicado de lo que mucha gente cree. ¿Cómo explicar si no la reticencia de tantas personas a parar, incluso cuando las consecuencias van desde la cárcel hasta la muerte, pasando por todos los lugares intermedios?

El doctor Daniel Sumrok, director del Centro de Ciencias de la Adicción de la Escuela de Medicina del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Tennessee, ha llegado incluso a escribir que la adicción no debería llamarse adicción, sino «búsqueda compulsiva y ritualizada de consuelo». Sumrok prosigue dando fe de que esta búsqueda de consuelo es una respuesta normal a experiencias negativas de la infancia, del mismo modo que «sangrar es una respuesta normal a una cuchillada».

En todos mis años de voluntario en el campo de la recuperación, esta teoría parece la más realista. Por eso la «guerra contra las drogas» de Estados Unidos ha fracasado de forma tan estrepitosa. Encerrar a una persona adicta o alcohólica es igual de lógico que encerrar a alguien con diabetes o cáncer. Incluso más que las implicaciones morales de encarcelar a personas enfermas no violentas, el hecho de que, en Estados Unidos, cada año mueran de sobredosis 50.000 personas debería servir para indicar el poco éxito de estas medidas.

La conclusión es que tenemos que ver la adicción de otra forma. El castigo no funciona y nunca ha funcionado. A menos que, como sociedad, empecemos a abordar este problema con amor y empatía, nunca va a mejorar.

Lo sé por mí mismo; me parecía tan importante convertir mi empatía en algo proactivo que escribí un libro para tratar de ayudar a otras personas. Eso, según el Dalai Lama, es «nuestro principal propósito en esta vida». La cita continúa diciendo que, si no puedes hacer eso, «al menos no les hagas daño».

Es decir: sé compasivo. La adicción no es más que una respuesta natural a una situación antinatural.

 

Texto original en inglés: “The Journey from Childhood Trauma to Addiction”, de Billy Manas, publicado en Elephant Journal el 15 de noviembre de 2019.

Desde enero de 2013 traduzco del inglés al español textos sobre budismo y los publico en mi blog ‘Dharma en español’ . En septiembre de 2015 abrí este segundo blog para traducir y publicar otros textos, incluso algunos textos propios. Mi intención es seguir haciéndolo como hasta ahora, gratuitamente. Si te ha sido útil lo que has leído y quieres invitarme a un café, puedes hacerlo aquí 🙂 ¡Gracias!

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