Conversaciones difíciles que he tenido con personas blancas, incluida mi esposa || Andrea Chiu

Andrea Chiu

Inspirada por So You Want to Talk About Race (Así que quieres hablar de raza), de Ijeoma Oluo, la escritora Andrea Chiu repasa algunos incidentes de racismo flagrante que ha vivido y las ocasiones que ha tenido para hablar de raza con sus amistades y familiares blancos.

«Pregúntate: ¿Estoy tratando de tener la razón o de hacerlo mejor? Las conversaciones sobre racismo nunca deberían ser cuestión de ganar. Esta batalla es demasiado importante como para simplificarla. Estás aquí para compartir y para aprender. Estás aquí para hacerlo mejor y ser mejor».

Durante So You Want to Talk About Race, de Ijeoma Oluo, pensé una y otra vez en este pasaje. A pesar de que me hizo revivir interacciones frustrantes con personas blancas, este libro —publicado el pasado mes de enero [de 2018]— ha sido terapéutico e ilustrativo para mí.

En muchas ocasiones, personas blancas cercanas a mí, sin ninguna hostilidad deliberada, dicen cosas ignorantes e hirientes relacionadas con la raza. A veces respondo. Más a menudo, no lo hago: porque estoy demasiado enfadada para hablar o porque tengo miedo de estropear nuestra relación para siempre. La mayoría de las veces dejo pasar estos comentarios porque no tengo la lucidez necesaria o no la tengo ese día para soportar lo que seguramente va a ser una conversación larga y emotiva. A pesar de estos sentimientos, reconozco que el mensaje principal de Oluo es que, si creemos en el racismo sistémico y queremos desmantelarlo, estas conversaciones son necesarias.

He pasado demasiado tiempo evitando estas conversaciones difíciles.

Sobresale un incidente ocurrido hace casi diez años. En casa de un amigo, durante una conversación con un hombre blanco a quien no conocía, pregunté si la persona de la que hablaba era de origen filipino. Él dijo, respondiéndome a mí, una mujer de origen asiático, que no lo sabía, que «era solo una de esas personas de ojos achinados». Atónita ante su ignorancia, intenté valorar si estaba siendo belicoso a propósito o solo era lo bastante imbécil como para decir eso delante de mí, la única persona de color de la habitación.

Cuando se hizo el silencio, pedí una aclaración: «¿Acabas de decir “personas de ojos achinados”?»

Él reculó y dijo: «¿Eso ha sido racista o qué?» Antes de que yo pudiera responder, otras personas del grupo —todas blancas— restaron importancia a la interacción, diciendo variaciones de: «No es para tanto» o «no ha sido con mala intención». Mantener la paz prevaleció sobre hacer lo correcto.

Lo que sentí entonces, igual que ahora, fue que lo que más me había dolido no era el comentario sobre los «ojos achinados», sino que todas las demás personas presentes, con muchas de las cuales sigo teniendo relación y a las que respeto —incluida mi compañera, que es ahora mi esposa— se apresuraron a restar importancia a la gravedad de esas palabras. Su incomodidad sobre la raza era tan grande que su reacción inmediata fue anular la conversación. Fuera o no su intención, negar la importancia de esas palabras irreflexivas sirvió para alimentar el racismo sistémico. Perpetuó el mito de que el racismo no existe o de que no vale la pena abordarlo.

En los últimos diez años he hablado varias veces de esa noche con mi compañera. Cuando sucedió, lo que le horrorizó fueron los comentarios de aquel tipo. Hoy, le horroriza la forma en que ella manejó la situación. Nos ha llevado tiempo llegar a este punto. Antes no era capaz de hablar sobre esa noche porque estaba demasiado avergonzada de su reacción. Para ser justa con ella, ninguna de las dos estaba preparada entonces como lo estamos ahora para hablar sobre raza.

Esto fue antes de que Black Lives Matter y las cuestiones sobre apropiación cultural generasen titulares. Antes de que los medios hicieran esfuerzos expresos para hablar sobre raza con reporteros especializados, boletines y pódcasts. Todavía no eran habituales conceptos como apropiación cultural, privilegio blanco y microagresiones.

Como sociedad, estamos hablando más sobre raza colectivamente, pero queda aún mucho por hacer como individuos.

Con el paso del tiempo, mi esposa y yo hemos tenido innumerables conversaciones sobre racismo. Hace dos años, ella no se tomaba realmente en serio mis frustraciones con el problema del blanqueo en Hollywood: ¿por qué quejarse de Ghost in the Shell cuando «Scarlett Johansson es tan sexy»? Hoy entiende mejor que la ausencia de representación está ligada a un sistema de opresión. Escuchamos el audiolibro de Oluo juntas y lo pausábamos de vez en cuando para reflexionar sobre situaciones que habíamos vivido durante nuestra relación. Al final, con largas conversaciones, educación y escucha, ha aprendido la mejor forma de apoyarme y de ser una auténtica aliada.

Gracias al libro de Oluo y al trabajo que hemos hecho juntas, mi esposa ha aprendido a hablar sobre raza, no solo conmigo, sino también con otras personas blancas, incluida su familia. Ella fue quien explicó a sus padres el «privilegio blanco». Es en estas situaciones con otras personas blancas cuando más necesitamos a aliadas como ella. Cuando una persona blanca habla con otras personas blancas sobre racismo, es menos probable que parezca que está acusando o «enfadada» como pasaría con una persona de color.

En So You Want to Talk About Race, Oluo dice que hasta su propia madre, que es blanca, tuvo problemas para entender lo que se debía y no se debía hacer al hablar de raza.

«Ni siquiera con las personas que te quieren y cuando crees que todo está bien, [la raza] es realmente algo que puedas evitar [hablar]», dijo en una conversación sobre su libro en el pódcast With Friends Like These. La madre de Oluo, que al principio se sentía como una persona negra honoraria, no se daba cuenta de que, a pesar de que había criado a unes hijes negres, no podía comprender del todo su experiencia. Este espacio que había entre elles fue difícil al principio, pero, con el tiempo, la madre de Oluo asumió su función.

«Pudo encontrar su lugar. Y descubrir [que] sigue teniendo su sitio como mi madre, como mi amiga, como miembro de una comunidad y como alguien a quien le importa mucho acabar con el racismo», dijo Oluo en el pódcast. «Tiene un lugar como mujer blanca en esta lucha. Darle eso, darle ese lugar en el que podía tener la máxima eficacia, la motivó».

Hace diez años, mi esposa no tenía los conocimientos ni las herramientas para enfrentarse al idiota en la fiesta. Hoy, promete que si se produjera de nuevo esa situación, no lo dejaría pasar. Sé que es verdad. Tener conversaciones sobre raza lleva tiempo y un montón de energía emocional, pero son una parte crucial de la lucha contra el racismo sistémico.

«Si seguimos tratando el racismo como a un monstruo gigante que nos persigue, nunca dejaremos de correr», dice Oluo en su libro.

En nuestros esfuerzos para hacerlo mejor, tenemos que dejar de correr y empezar a hablar.

Texto original: Tough Conversations I’ve Had with White People —Including My Wife.

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Maten a su ángel || Rebecca Solnit y un texto de Virginia Woolf

Rebecca Solnit. Jillian Tamaki para el NYT

Virginia Woolf en 1902. George Charles Beresford

Mujeres: maten a su ángel. Explica Virginia Woolf: «Y cuando me puse a escribir, me topé con ella nada más empezar. Cayó sobre la página la sombra de sus alas; oí el susurro de sus faldas en la habitación. Directamente, es decir, tomé la pluma para reseñar esa novela escrita por un hombre famoso y ella se deslizó detrás de mí y murmuró: «Querida, eres una mujer joven. Estás escribiendo sobre un libro que ha sido escrito por un hombre. Sé comprensiva; sé tierna; halaga; engaña; usa todas las artimañas de nuestro sexo. No dejes nunca que nadie adivine que tienes una mente propia. Sobre todo, sé pura». E hizo ademán de guiar mi pluma.

»Ahora dejo constancia del acto cuyo mérito me atribuyo en cierta medida, aunque el mérito corresponde en justicia a algunos excelentes antepasados míos que me dejaron cierta suma de dinero —¿diremos quinientas libras al año?— para que no tuviera la necesidad de depender únicamente del encanto para ganarme la vida. Me volví hacia ella y la agarré del cuello. Hice todo lo que pude para matarla. Mi excusa: si tuviera que defenderme ante un tribunal de justicia, diría que actué en defensa propia. Si no la hubiera matado yo, me habría matado ella a mí. Habría arrancado el corazón de mi escritura».

He rastreado este apreciado fragmento por algo que ha dicho Peggy Orenstein porque, según mi experiencia, no solo la mujer no debería expresar enfado, sino que una mujer que expresa unas convicciones firmes o una inteligencia descarada o el derecho a un criterio independiente o datos que hacen que los hombres se sientan incómodos será percibida como una mujer enfadada. Aparentemente, muchos hombres perciben todo lo que no es deferencia o halago como enfado. Algo que se supone que tienen los hombres, como el bigote, pero no las mujeres.

 

Texto original en inglés en Facebook.

 

 

 

 

 

 

 

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Duelo || Stephen Dobyns

Tratar de recordarte
es como llevar agua
en las manos largo trecho
por la arena. En algún lugar la gente espera.
No beben nada desde hace días.

Tu nombre era mi alimento;
ahora ceniza y tierra llenan mi boca.
Decir tu nombre era estar rodeado
de plumas y seda; ahora alargo la mano
y toco cristal y alambre de espino.
Tu nombre era el hilo que unía mi vida;
ahora soy fragmentos en el suelo de un sastre.

Estaba bailando cuando
supe de tu muerte; que
me seccionen los pies del cuerpo.

 

Texto original en inglés: Grief, Stephen Dobyns

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Benevolencia || Tony Hoagland

Cuando mi padre muera y regrese como un perro,
ya sé cuál será su sonido favorito:
la blanda, casi inaudible boqueada
de los labios de goma de la puerta de la nevera
al despegarse, seguida de esa exhalación

ártica de aire frío;
luego el chasquido de la bandeja de hielo sobre el fregadero
y el suave tintineo que hacen los cubitos
al caer en un vaso.

Incapaz de pronunciar el nombre de su bebida favorita o de expresar
su preferencia por el single malt,
con un ladrido áspero
apuntará la húmeda flecha negra de la nariz
imperiosamente hacia arriba
a la botella del anaquel,

luego se sentará ante mí,
temblando, expectante, el agua cayendo
de la larga rosada colgante lengua
mientras el recuerdo del placer de su vida anterior
le hace temblar como una cola.

Lo que recordaré cuando me alce sobre él,
sosteniendo un cubito chorreante con sabor a whiskey
sobre su boca abierta,
disfrutando del poder que corre por mis venas
igual que corrió por las suyas,

lo que recordaré cuando esté allí de pie
es el centenar de trucos
que me aprendí para complacerlo
y todo el tiempo que creí erróneamente
que era amor lo que escondía en la mano cerrada.

 

Texto original en inglés: Benevolence, de Tony Hoagland

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Media vida || Stephen Levine

Jay Mantri.pillows

Pillows, by Jay Mantri

Caminamos por media vida
como si fuera un sueño febril
tocando apenas el suelo
los ojos medio abiertos
el corazón medio cerrado.

Sin saber la mitad de quiénes somos
miramos a nuestro fantasma flotar
de habitación en habitación
a través de amigos y amantes
nunca tan real como se anuncia.

Sin decir la mitad de lo que queremos decir
o sin querer decir la mitad de lo que decimos
nos soñamos
de nacimiento en nacimiento
buscando algún yo que sea real.

Hasta que la fiebre desaparece
y el corazón no puede quedarse
ni un momento más
mientras el resto de nosotros despierta
convocado desde el sueño,
sin medio importarnos nada salvo el amor.

 

Stephen Levine, Half Life.

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El amor después del amor || Derek Walcott

reflejos

Llegará el momento
en que, exultante,
te saludarás a ti mismo al llegar
a tu propia puerta, en tu propio espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro

y dirá: siéntate aquí. Come.
Amarás de nuevo al desconocido que eras tú.
Da vino. Da pan. Devuelve tu corazón
a sí mismo, al desconocido que te ha amado

toda tu vida, a quien ignoraste
por otro y que te conoce de memoria.
Baja las cartas de amor del estante,

las fotos, las notas desesperadas,
desprende tu propia imagen del espejo.
Siéntate. Date un festín con tu vida.

 

Derek Walcott, Love After Love.

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Tres gratitudes || Carrie Newcomer

Carrie Newcomer by Jim McGuire

Cada noche antes de dormir
digo en voz alta
tres cosas por las que siento gratitud,
todo lo significativo, insignificante
extraordinario, ordinario de mi vida.
Es una práctica pequeña y humilde,
y aun así, parece que duermo mejor
sosteniendo lo que aligera y ablanda mi vida
siquiera un instante al final del día.
La luz del sol y arándanos,
buenos perros y calcetines de lana,
una lluvia fina,
un buen amigo,
albahaca fresca y flox silvestre,
la buena salud de mi padre,
el nuevo trabajo de mi hija,
la canción que siempre me hace llorar,
siempre en la misma parte,
no importa cuántas veces la oiga.
Café decente en el aeropuerto
y tu respiración tranquila,
las historias que me contaste,
los dibujos de la escarcha en las ventanas,
cornos ingleses y banjos,
zorzal manchado y bichos de junio,
la tersa calma vidriosa del estanque en la mañana,
un abrigo viejo,
un poema nuevo,
mi carné de la biblioteca,
y que mi coche siga andando
pese a todos los kilómetros.

Y después de tres cosas,
las más de las veces,
entro en racha y sigo indefinidamente,
sigo nombrando y enumerando,

hasta que, tumbada, sonrío,
con las mantas hasta la barbilla,
llena de asombro
ante la dulzura de todo eso.

Three gratitudes, de Carrie Newcomer: texto original en inglés del poema y audio del poema recitado por su autora.

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