Las listas de gratitud son una sandez. Fue una lista de «ingratitud» lo que me salvó || Liz Brown

ingratitudCada día, durante años, probé la vía de la positividad. Pero solo me sentí más enfadada, más triste y más profundamente avergonzada.

Llevaba deprimida mis buenos tres años cuando me dí cuenta de que las listas de gratitud estaban poniéndome enferma.

Tras más de quince años en remisión, mi depresión asomó su fea cabeza después de un brutal rechazo artístico y la pérdida de un espacio creativo que era realmente importante para mí. El rechazo no era algo nuevo, pero este me golpeó tan fuerte que era incapaz de volver a levantarme. Empezaba cada mañana con un llanto horroroso y terminaba cada noche con un atracón de gintonics.

Luego perdí el trabajo. Luego murió mi gato. Luego murió mi OTRO gato. Luego venció el préstamo estudiantil cuyo pago llevaba seis años aplazando… con los intereses de seis años. Luego, la última gata que me quedaba perdió el uso de la parte inferior del cuerpo y se arrastró por el apartamento con las dos patas delanteras, chorreando pis por todas partes, durante ocho meses hasta que murió. Luego murió mi suegro. Luego mi perro tuvo cáncer.

Casi todas las personas a las que les contaba mi depresión tenían exactamente el mismo consejo para mí: ¡haz una lista de gratitud!

La depresión aumenta inexorablemente en Estados Unidos. En los últimos años, la postura del «culto a la positividad» promociona la expresión de una «actitud de gratitud» como la mayor innovación en la lucha contra la depresión desde el Prozac.

Empecé a hacer listas de gratitud todos los días, siguiendo atentamente las instrucciones y asegurándome de ser concreta con las razones por las que estaba agradecida: tenía un marido cariñoso que se reía de las mismas escenas crípticas de Saturday Night Live que yo. Tenía un apartamento regalado en el barrio más de moda de Los Ángeles. Tenía una representante que me conseguía importantes audiciones de Hollywood para hacer bolos bien pagados. Acababa de conseguir un nuevo trabajo para hacer desde casa que me iba a dar más tiempo para escribir y centrarme en mis propios proyectos creativos. Mi perro tenía cáncer, pero de momento seguía vivo.

Escudriñé mi psique en busca de señales de cambio y vi uno bastante rápido. Me sentía peor. Sentía rabia. Me sentía más enfadada y más triste y profundamente avergonzada. La sensación asfixiante en la garganta y la presión constante en el pecho empeoraban. Cada vez que miraba mis listas, me decía: «Mi vida no es tan mala. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué sigo sintiéndome fatal? No soy más que una niña consentida y una gilipollas egoísta y autocompasiva. Qué asco. Soy una mierda».

Después de unos cien días de hacer listas de gratitud, decenas de miles de dólares de psicoterapia, cinco antidepresivos diferentes, cuatro meses como paciente externa en un hospital psiquiátrico (donde me recomendaron encarecidamente que hiciera listas de gratitud) y una miriada de costosos tratamientos alternativos, había renunciado a toda esperanza de sentirme mejor algún día. Entonces mi psiquiatra me sugirió que hablase con un terapeuta de su oficina que trabajaba con personas con antecedentes de trauma. «Genial —pensé—. Otra oportunidad de soltar más dinero a alguien que no puede ayudarme». Me hice callar, me dije que agradeciera este ofrecimiento… y lo añadiera a la lista de gratitud de mañana.

Mi nuevo terapeuta me dijo que escribiera todo lo que hubiera hecho y pensado y lo que me hubiera dicho a mí misma durante el día y le mandase la lista cada noche para averiguar lo que estaba pasando realmente. Lo hice, asegurándome de destacar lo positivo de mi jornada para demostrarle que reconocía que sí que había algunas cosas buenas en mi vida. Cuando fui a mi siguiente sesión, me dijo las palabras que llevaba años deseando oír:

—Madre mía, su vida es UNA MIERDA ahora mismo.

—No es tan mala —dije, nerviosa, dando por sentado que era un incompetente total o que me estaba tendiendo una trampa—. Tengo mucho por lo que estar agradecida.

—¿En serio? —respondió, y luego procedió a enumerar lo que había observado en mis registros diarios: que había trabajado años en el turno de noche, lo que significaba que apenas dormía; que el apartamento donde vivía era tan barato porque era oscuro y estrecho, y estaba infestado de hormigas y cayéndose a pedazos; que mi marido y yo estábamos criando a un bebé en una de las ciudades más caras del país, donde un bungalow ruinoso de dos dormitorios sin patio ni espacios para aparcar costaba a partir de 800.000 dólares; que no tenía una red de apoyo familiar, pues mi pariente más próximo vivía a casi 5.000 kilómetros; que años de trabajar en casa me habían dejado totalmente aislada y con muy pocos amigos; que estaba bajo una presión económica extrema debido a la descomunal deuda del préstamo estudiantil; que era una escritora que no tenía tiempo ni energía para escribir porque estaba muy atareada tratando de apagar los incendios del resto de mi vida; que las pocas cosas para las que sí tenía tiempo de escribir eran rechazadas una y otra vez; que había ido a audiciones para más de 150 anuncios y nunca me habían contratado para ninguno; que me había gastado los escasos ahorros de toda mi vida en años de tratamientos psicológicos que no me cubría el seguro y que no habían funcionado; que cada día me despertaba con un dolor de espalda insoportable; que me había criado en una familia emocionalmente abusiva en la que mi madre me animaba a ver Pollyanna todo el rato mientras mi padre, que padecía un trastorno de estrés postraumático y daño cerebral traumático, tenía explosiones de rabia sin previo aviso; que tenía que pasar con mi bebé literalmente por encima de los cuerpos de los drogadictos sintecho inconscientes que dormían delante de nuestra casa; que la caja de cambios del coche se había esfumado a los cuatro meses de pagar el coche; que mis tres gatos habían muerto en los últimos tres años y que mi perro tenía cáncer, el caso más grave y rápido que, según mi veterinaria, había visto en sus 20 años de ejercicio.

Todo eso era muy jodido, dijo mi nuevo terapeuta.

—He estado haciendo listas de gratitud —dije—. Estoy tratando en serio de ver el lado bueno.

—Que les den —dijo—. Deje eso inmediatamente. Es lo último que necesita. Necesita hacer una lista de ingratitud. Debería estar CABREADA. La verdad, su vida es una mierda ahora mismo. No digo que no haya cosa buenas, pero tiene que dejar de intentar fingir que no duele. Necesita hacer una lista de «Esto es una putada como la copa de un pino».

Me eché a reír por primera vez en siglos. Salí de su despacho con una sonrisa enorme, nadando en un mar de alivio. Cuando me desperté al día siguiente, me sentía fatal. Pero no me sentía fatal por sentirme fatal. Y no creía que estaba loca o era una egoísta o estaba autocompadeciéndome o era una INGRATA. Estaba triste y estresada porque mi vida era triste y estresante. Y eso era un enorme alivio.

Me había pasado años escuchando a personas bienintencionadas que me decían que diera las gracias por la suerte que tenía; que contase mis bendiciones, que hiciera listas de gratitud, que pensara en toda la gente que estaba mucho peor que yo, que sonriera aunque tuviera el corazón destrozado, que tuviera una actitud más positiva. De lo que no se daban cuenta era de que, aunque estas prácticas servían a mucha gente, en mi caso hacían que me sintiera avergonzada por ser sincera sobre lo mal que me sentía y superar ese dolor. Cada vez que me enfadaba por mi situación, oía: «Fíjate en lo positivo», «mira el lado bueno» y, lo peor de todo: «Sonríe: está clínicamente demostrado que ayuda a levantar el ánimo». A lo único a lo que me impulsaban estos consejos era a tragarme cada vez más dentro mis sentimientos reales y legítimos de frustración, tristeza y miedo. Es probable que eso tuviera algo que ver con la sensación de ahogo constante en la garganta y la presión en el pecho. Mi nuevo terapeuta tenía razón. Estaba triste y furiosa y hecha polvo y dolida y agotada y aterrorizada y abrumada y sin esperanza.

Empecé a escribir mi primera lista de ingratitud y mi lápiz voló sobre la página como una artista tocada de pronto por la inspiración divina. Adorné mi lista con todas las palabras obscenas que describían todas las desgracias que me habían caído encima, grandes y pequeñas: muertes, enfermedades, decepciones, represiones, opresiones, impuestos, préstamos, comentarios insensibles, oportunidades perdidas, traiciones de gilipollas a quienes había tomado por amigos y que ahora eran millonarios, promesas vacías de gente a la que había dado mi confianza, malestares, dolores, preocupaciones, pánicos y una hemorroides inencogible. Hice un dibujo de las obras que hacía dos años que veía desde mi dormitorio quemándose hasta los cimientos. A la siguiente persona que me dijo en la calle que sonriera le dije: «Vete a la mierda, qué sabrás tú de mi vida, imbécil».

La depresión no es señal de egoísmo o de ingratitud. Sonreír no sirve de nada. Y, desde luego, pensar que hay personas que están mucho peor que yo no sirve de nada. Francamente, no me imagino cómo podría servir de algo. ¿Por qué pensar en el sufrimiento más terrible de otra persona iba a aliviar el mío? Es como decirle a alguien que no tiene ningún motivo para llorar porque no se está muriendo de disentería mientras trabaja jornadas de 14 horas en un taller clandestino del Tercer Mundo. Puedes estar deprimida aunque no te estén sometiendo a tortura constantemente en un campo de prisioneros de guerra.

Las listas de gratitud no me sirvieron de nada. Escribirlas era una práctica que me llevaba a una vergüenza y a un odio a mí misma más profundos cuando yo ya estaba en un lugar muy oscuro. Las listas de gratitud implican que quienes sufrimos elegimos el sufrimiento y simplemente no nos estamos esforzando lo bastante, y que si tuviéramos pensamientos felices flotaríamos sobre nuestros problemas como los niños en Peter Pan.

Mis listas de ingratitud me ayudaron a llorar por lo que había perdido y por lo que me había perdido, por aquello en lo que me habían engañado y por todas las veces que la vida me había golpeado directamente en el corazón. Aprendí que meter el enfado y la tristeza bajo una pila de listas de agradecimiento no hace que desaparezcan. Escribir las cosas que me hacían sentirme mal y furiosa tampoco hizo que desaparecieran, pero me ayudó a centrarme en las cosas de mi vida que quería cambiar porque me hacían sufrir una y otra vez. Mis listas de ingratitud me dieron un rumbo, metas, y me ayudaron a alejarme de la vergüenza y a ir hacia la aceptación y la acción. Me sigue doliendo el alma, pero ya no me grito por ser una egoísta ni por estar triste.

Tiré a la papelera mis listas de gratitud y aplaudí mientras miraba cómo el camión de la basura levantaba el cubo y las pilas de hojas de mi libreta volaban hasta el pestilente contenedor junto con el resto de la porquería.

La próxima vez que alguien me diga que vea el lado bueno, le diré que eso hago. Estoy dejando que mi negatividad hermosa, real y sincera reciba la atención que merece. Llevaba demasiado tiempo encerrada en el sótano.

 

Texto original en inglés: Gratitude Lists Are B.S. — It Was an “Ingratitude” List That Saved Me, publicado el 4 de agosto de 2017 en GH.

 

Desde enero de 2013 traduzco del inglés al español textos sobre budismo y los publico en mi blog ‘Dharma en español’ . En septiembre de 2015 abrí este segundo blog para traducir y publicar otros textos, incluso algunos textos propios. Mi intención es seguir haciéndolo como hasta ahora, gratuitamente. Si te ha sido útil lo que has leído y quieres invitarme a un café, puedes hacerlo aquí 🙂 Este dinero me permitirá «comprar más tiempo» para dedicar a estas traducciones. ¡Gracias!

 

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El recorrido desde el trauma infantil hasta la adicción || Billy Manas

«¿Te importaría cambiarte?»

Cuando mi madre me preguntó eso, creí que se refería a que iba a llevarme a casa para que me cambiara de ropa. Desgraciadamente, lo que me estaba preguntando era si me importaba cambiarme del horario de mañana del jardín de infancia al de tarde.

Como muchos niños de cinco años, mi comprensión de cómo funcionaba el mundo era bastante limitada.

Al día siguiente, me presentaron a mi nueva maestra y a otros 30 niños y niñas totalmente desconocidos. Fue un poco abrumador, pero me preparó para lo que estaba por venir.

Entre el primer grado y el decimosegundo, fui a 12 colegios. En ese periodo, mis padres pasaron por el proceso de vender nuestra casa y comprar otra unas siete veces. En un barrio tras otro, yo era el perpetuo «niño nuevo». Siempre desconocido, fuera de lugar y desarraigado.

Esta situación configuró quién fui en mi infancia. Al no haber tenido nunca la oportunidad de aprender de la amistad o de crear lazos duraderos con otros niños y niñas de mi edad, no tuve mucha más elección que convertirme en un solitario. Mi guitarra, mis discos y mis libros eran las únicas cosas que podía llevar de ciudad en ciudad y la única constante en mi vida.

El colegio, por otra parte, fue siempre un suceso traumático tras otro. Mi incapacidad para llevarme bien con mis iguales desembocó en una serie casi interminable de acoso, amenazas y, cuando fui lo bastante mayor, rechazos de chicas. Si hubiera tenido la suficiente sutileza, es probable que habría podido superado el reto de ser uno de los niños más pequeños de mi clase; sin embargo, la sutileza es un atributo que no es fácil de adquirir para alguien constantemente marginado.

Tenía 20 años y estaba en la universidad la primera vez que me fumé un canuto y, mirando atrás, fue un momento significativo. En el momento en que estuve colocado, sentí como si me hubieran liberado de las cadenas que había llevado toda mi vida. Me hice el propósito de no volver a sentir nunca jamás lo que había estado sintiendo. Ese fue el principio de una relación de amor/odio con sustancias ilegales que duró veinte años.

Por desgracia, no soy la excepción. En mis nueve años de abstinencia, las innumerables reuniones de Narcóticos Anónimos a las que he asistido y las charlas que he dado como voluntario en cárceles y centros de rehabilitación, no recuerdo ni una sola vez que alguien dijera que había empezado a colocarse porque era divertido.

La adicción, en la medida en que pude observar, era un fenómeno que empezaba de forma accidental. Era como si todas estas personas hubieran estado llevando consigo cientos de kilos durante toda su infancia y luego hubieran descubierto una forma de quitárselos por fin de encima. Una vez que había pasado eso, era casi imposible volver a cargar con ellos.

Este es el grave problema de la recuperación. No se trata solamente de dejar de meterse ciertas sustancias en el cuerpo. Es la reconstrucción general de toda una serie de mecanismos de afrontamiento. Es mucho más complicado de lo que mucha gente cree. ¿Cómo explicar si no la reticencia de tantas personas a parar, incluso cuando las consecuencias van desde la cárcel hasta la muerte, pasando por todos los lugares intermedios?

El doctor Daniel Sumrok, director del Centro de Ciencias de la Adicción de la Escuela de Medicina del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Tennessee, ha llegado incluso a escribir que la adicción no debería llamarse adicción, sino «búsqueda compulsiva y ritualizada de consuelo». Sumrok prosigue dando fe de que esta búsqueda de consuelo es una respuesta normal a experiencias negativas de la infancia, del mismo modo que «sangrar es una respuesta normal a una cuchillada».

En todos mis años de voluntario en el campo de la recuperación, esta teoría parece la más realista. Por eso la «guerra contra las drogas» de Estados Unidos ha fracasado de forma tan estrepitosa. Encerrar a una persona adicta o alcohólica es igual de lógico que encerrar a alguien con diabetes o cáncer. Incluso más que las implicaciones morales de encarcelar a personas enfermas no violentas, el hecho de que, en Estados Unidos, cada año mueran de sobredosis 50.000 personas debería servir para indicar el poco éxito de estas medidas.

La conclusión es que tenemos que ver la adicción de otra forma. El castigo no funciona y nunca ha funcionado. A menos que, como sociedad, empecemos a abordar este problema con amor y empatía, nunca va a mejorar.

Lo sé por mí mismo; me parecía tan importante convertir mi empatía en algo proactivo que escribí un libro para tratar de ayudar a otras personas. Eso, según el Dalai Lama, es «nuestro principal propósito en esta vida». La cita continúa diciendo que, si no puedes hacer eso, «al menos no les hagas daño».

Es decir: sé compasivo. La adicción no es más que una respuesta natural a una situación antinatural.

 

Texto original en inglés: “The Journey from Childhood Trauma to Addiction”, de Billy Manas, publicado en Elephant Journal el 15 de noviembre de 2019.

Desde enero de 2013 traduzco del inglés al español textos sobre budismo y los publico en mi blog ‘Dharma en español’ . En septiembre de 2015 abrí este segundo blog para traducir y publicar otros textos, incluso algunos textos propios. Mi intención es seguir haciéndolo como hasta ahora, gratuitamente. Si te ha sido útil lo que has leído y quieres invitarme a un café, puedes hacerlo aquí 🙂 ¡Gracias!

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Esta es tu tarea || Courtney Martin y Wendy MacNaughton

Esta es tu tarea

Siente todas las cosas. Siente las cosas difíciles. Las cosas inexplicables, las cosas que te hacen renegar de la capacidad de redención de la humanidad. Siente todas las paradojas desquiciantes. Siente el agobio, la locura. Siente la inseguridad. Siente el enfado. Siente el miedo. Siente la impotencia. Siente el bloqueo. Y luego céntrate.

Levanta el lápiz. Levanta el pincel. Levanta la puta barbilla. Pon las dos manos encallecidas en el torno, sobre la arcilla, sobre las cuerdas. Ponte detrás de la cámara. Busca ese pinchazo de luz. Busca la verdad (sí, es algo; aún existe). Céntrate en esa luz. Amplíala. Revela la feroz urgencia del ahora. Revela lo destrozadas que estamos, lo dignas de ser reparadas. Pero no lamentes la rotura. No se construiría nada si las cosas nunca se rompieran. Un hombre sabio dijo una vez: hay una grieta en todo, así es como entra la luz.

Ve detrás de esa luz.

Esta es tu tarea

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Conversaciones difíciles que he tenido con personas blancas, incluida mi esposa || Andrea Chiu

Andrea Chiu

Inspirada por So You Want to Talk About Race (Así que quieres hablar de raza), de Ijeoma Oluo, la escritora Andrea Chiu repasa algunos incidentes de racismo flagrante que ha vivido y las ocasiones que ha tenido para hablar de raza con sus amistades y familiares blancos.

«Pregúntate: ¿Estoy tratando de tener la razón o de hacerlo mejor? Las conversaciones sobre racismo nunca deberían ser cuestión de ganar. Esta batalla es demasiado importante como para simplificarla. Estás aquí para compartir y para aprender. Estás aquí para hacerlo mejor y ser mejor».

Durante So You Want to Talk About Race, de Ijeoma Oluo, pensé una y otra vez en este pasaje. A pesar de que me hizo revivir interacciones frustrantes con personas blancas, este libro —publicado el pasado mes de enero [de 2018]— ha sido terapéutico e ilustrativo para mí.

En muchas ocasiones, personas blancas cercanas a mí, sin ninguna hostilidad deliberada, dicen cosas ignorantes e hirientes relacionadas con la raza. A veces respondo. Más a menudo, no lo hago: porque estoy demasiado enfadada para hablar o porque tengo miedo de estropear nuestra relación para siempre. La mayoría de las veces dejo pasar estos comentarios porque no tengo la lucidez necesaria o no la tengo ese día para soportar lo que seguramente va a ser una conversación larga y emotiva. A pesar de estos sentimientos, reconozco que el mensaje principal de Oluo es que, si creemos en el racismo sistémico y queremos desmantelarlo, estas conversaciones son necesarias.

He pasado demasiado tiempo evitando estas conversaciones difíciles.

Sobresale un incidente ocurrido hace casi diez años. En casa de un amigo, durante una conversación con un hombre blanco a quien no conocía, pregunté si la persona de la que hablaba era de origen filipino. Él dijo, respondiéndome a mí, una mujer de origen asiático, que no lo sabía, que «era solo una de esas personas de ojos achinados». Atónita ante su ignorancia, intenté valorar si estaba siendo belicoso a propósito o solo era lo bastante imbécil como para decir eso delante de mí, la única persona de color de la habitación.

Cuando se hizo el silencio, pedí una aclaración: «¿Acabas de decir “personas de ojos achinados”?»

Él reculó y dijo: «¿Eso ha sido racista o qué?» Antes de que yo pudiera responder, otras personas del grupo —todas blancas— restaron importancia a la interacción, diciendo variaciones de: «No es para tanto» o «no ha sido con mala intención». Mantener la paz prevaleció sobre hacer lo correcto.

Lo que sentí entonces, igual que ahora, fue que lo que más me había dolido no era el comentario sobre los «ojos achinados», sino que todas las demás personas presentes, con muchas de las cuales sigo teniendo relación y a las que respeto —incluida mi compañera, que es ahora mi esposa— se apresuraron a restar importancia a la gravedad de esas palabras. Su incomodidad sobre la raza era tan grande que su reacción inmediata fue anular la conversación. Fuera o no su intención, negar la importancia de esas palabras irreflexivas sirvió para alimentar el racismo sistémico. Perpetuó el mito de que el racismo no existe o de que no vale la pena abordarlo.

En los últimos diez años he hablado varias veces de esa noche con mi compañera. Cuando sucedió, lo que le horrorizó fueron los comentarios de aquel tipo. Hoy, le horroriza la forma en que ella manejó la situación. Nos ha llevado tiempo llegar a este punto. Antes no era capaz de hablar sobre esa noche porque estaba demasiado avergonzada de su reacción. Para ser justa con ella, ninguna de las dos estaba preparada entonces como lo estamos ahora para hablar sobre raza.

Esto fue antes de que Black Lives Matter y las cuestiones sobre apropiación cultural generasen titulares. Antes de que los medios hicieran esfuerzos expresos para hablar sobre raza con reporteros especializados, boletines y pódcasts. Todavía no eran habituales conceptos como apropiación cultural, privilegio blanco y microagresiones.

Como sociedad, estamos hablando más sobre raza colectivamente, pero queda aún mucho por hacer como individuos.

Con el paso del tiempo, mi esposa y yo hemos tenido innumerables conversaciones sobre racismo. Hace dos años, ella no se tomaba realmente en serio mis frustraciones con el problema del blanqueo en Hollywood: ¿por qué quejarse de Ghost in the Shell cuando «Scarlett Johansson es tan sexy»? Hoy entiende mejor que la ausencia de representación está ligada a un sistema de opresión. Escuchamos el audiolibro de Oluo juntas y lo pausábamos de vez en cuando para reflexionar sobre situaciones que habíamos vivido durante nuestra relación. Al final, con largas conversaciones, educación y escucha, ha aprendido la mejor forma de apoyarme y de ser una auténtica aliada.

Gracias al libro de Oluo y al trabajo que hemos hecho juntas, mi esposa ha aprendido a hablar sobre raza, no solo conmigo, sino también con otras personas blancas, incluida su familia. Ella fue quien explicó a sus padres el «privilegio blanco». Es en estas situaciones con otras personas blancas cuando más necesitamos a aliadas como ella. Cuando una persona blanca habla con otras personas blancas sobre racismo, es menos probable que parezca que está acusando o «enfadada» como pasaría con una persona de color.

En So You Want to Talk About Race, Oluo dice que hasta su propia madre, que es blanca, tuvo problemas para entender lo que se debía y no se debía hacer al hablar de raza.

«Ni siquiera con las personas que te quieren y cuando crees que todo está bien, [la raza] es realmente algo que puedas evitar [hablar]», dijo en una conversación sobre su libro en el pódcast With Friends Like These. La madre de Oluo, que al principio se sentía como una persona negra honoraria, no se daba cuenta de que, a pesar de que había criado a unes hijes negres, no podía comprender del todo su experiencia. Este espacio que había entre elles fue difícil al principio, pero, con el tiempo, la madre de Oluo asumió su función.

«Pudo encontrar su lugar. Y descubrir [que] sigue teniendo su sitio como mi madre, como mi amiga, como miembro de una comunidad y como alguien a quien le importa mucho acabar con el racismo», dijo Oluo en el pódcast. «Tiene un lugar como mujer blanca en esta lucha. Darle eso, darle ese lugar en el que podía tener la máxima eficacia, la motivó».

Hace diez años, mi esposa no tenía los conocimientos ni las herramientas para enfrentarse al idiota en la fiesta. Hoy, promete que si se produjera de nuevo esa situación, no lo dejaría pasar. Sé que es verdad. Tener conversaciones sobre raza lleva tiempo y un montón de energía emocional, pero son una parte crucial de la lucha contra el racismo sistémico.

«Si seguimos tratando el racismo como a un monstruo gigante que nos persigue, nunca dejaremos de correr», dice Oluo en su libro.

En nuestros esfuerzos para hacerlo mejor, tenemos que dejar de correr y empezar a hablar.

Texto original: Tough Conversations I’ve Had with White People —Including My Wife.

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Maten a su ángel || Rebecca Solnit y un texto de Virginia Woolf

Rebecca Solnit. Jillian Tamaki para el NYT

Virginia Woolf en 1902. George Charles Beresford

Mujeres: maten a su ángel. Explica Virginia Woolf: «Y cuando me puse a escribir, me topé con ella nada más empezar. Cayó sobre la página la sombra de sus alas; oí el susurro de sus faldas en la habitación. Directamente, es decir, tomé la pluma para reseñar esa novela escrita por un hombre famoso y ella se deslizó detrás de mí y murmuró: «Querida, eres una mujer joven. Estás escribiendo sobre un libro que ha sido escrito por un hombre. Sé comprensiva; sé tierna; halaga; engaña; usa todas las artimañas de nuestro sexo. No dejes nunca que nadie adivine que tienes una mente propia. Sobre todo, sé pura». E hizo ademán de guiar mi pluma.

»Ahora dejo constancia del acto cuyo mérito me atribuyo en cierta medida, aunque el mérito corresponde en justicia a algunos excelentes antepasados míos que me dejaron cierta suma de dinero —¿diremos quinientas libras al año?— para que no tuviera la necesidad de depender únicamente del encanto para ganarme la vida. Me volví hacia ella y la agarré del cuello. Hice todo lo que pude para matarla. Mi excusa: si tuviera que defenderme ante un tribunal de justicia, diría que actué en defensa propia. Si no la hubiera matado yo, me habría matado ella a mí. Habría arrancado el corazón de mi escritura».

He rastreado este apreciado fragmento por algo que ha dicho Peggy Orenstein porque, según mi experiencia, no solo la mujer no debería expresar enfado, sino que una mujer que expresa unas convicciones firmes o una inteligencia descarada o el derecho a un criterio independiente o datos que hacen que los hombres se sientan incómodos será percibida como una mujer enfadada. Aparentemente, muchos hombres perciben todo lo que no es deferencia o halago como enfado. Algo que se supone que tienen los hombres, como el bigote, pero no las mujeres.

 

Texto original en inglés en Facebook.

 

 

 

 

 

 

 

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Duelo || Stephen Dobyns

Tratar de recordarte
es como llevar agua
en las manos largo trecho
por la arena. En algún lugar la gente espera.
No beben nada desde hace días.

Tu nombre era mi alimento;
ahora ceniza y tierra llenan mi boca.
Decir tu nombre era estar rodeado
de plumas y seda; ahora alargo la mano
y toco cristal y alambre de espino.
Tu nombre era el hilo que unía mi vida;
ahora soy fragmentos en el suelo de un sastre.

Estaba bailando cuando
supe de tu muerte; que
me seccionen los pies del cuerpo.

 

Texto original en inglés: Grief, Stephen Dobyns

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Benevolencia || Tony Hoagland

Cuando mi padre muera y regrese como un perro,
ya sé cuál será su sonido favorito:
la blanda, casi inaudible boqueada
de los labios de goma de la puerta de la nevera
al despegarse, seguida de esa exhalación

ártica de aire frío;
luego el chasquido de la bandeja de hielo sobre el fregadero
y el suave tintineo que hacen los cubitos
al caer en un vaso.

Incapaz de pronunciar el nombre de su bebida favorita o de expresar
su preferencia por el single malt,
con un ladrido áspero
apuntará la húmeda flecha negra de la nariz
imperiosamente hacia arriba
a la botella del anaquel,

luego se sentará ante mí,
temblando, expectante, el agua cayendo
de la larga rosada colgante lengua
mientras el recuerdo del placer de su vida anterior
le hace temblar como una cola.

Lo que recordaré cuando me alce sobre él,
sosteniendo un cubito chorreante con sabor a whiskey
sobre su boca abierta,
disfrutando del poder que corre por mis venas
igual que corrió por las suyas,

lo que recordaré cuando esté allí de pie
es el centenar de trucos
que me aprendí para complacerlo
y todo el tiempo que creí erróneamente
que era amor lo que escondía en la mano cerrada.

 

Texto original en inglés: Benevolence, de Tony Hoagland

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