La superioridad moral || Charles Eisenstein

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El modo en que ves a las personas es el modo en que las tratas, y el modo en que las tratas es aquello en lo que se convierten.

Goethe

Bajo el común acuerdo de que el problema del mundo es el mal y la solución es conquistarlo subyace una necesidad psicológica insatisfecha de autoaprobación. Dos tercios de nuestro discurso político se dirigen a satisfacer nuestra necesidad de tener razón, de alinearnos con el Bien. Si quien discrepa conmigo lo hace porque es estúpido, ingenuo, está engañado o es malvado, eso debe de querer decir que yo soy inteligente, astuto, tengo un criterio independiente y soy bueno. Tanto los juicios positivos como los negativos sirven para constituirnos en el punto de referencia tácito (perezoso significa «más perezoso que yo» y responsable significa «tan responsable como yo»).

¿Por qué visita usted realmente esas webs que le exaltan e indignan? Sea cual sea la explicación que se dé a sí mismo (por ejemplo, «para estar informado»), quizá el verdadero motivo sea la gratificación emocional, el recordatorio de que tiene la razón, es inteligente; en una palabra, bueno. Es de «los nuestros». Si necesita una reafirmación aún mayor, puede crear un grupo de discusión en Internet o un grupo presencial en el que usted y un montón de gente se reúne y habla de toda la razón que tienen y de lo horribles, incomprensibles, malas y enfermas que son esas otras personas. Lamentablemente, como esta gratificación es adictiva, ninguna cantidad será suficiente. (La verdadera necesidad aquí es de autoaceptación, y el sucedáneo ofrecido no satisface ni puede satisfacer la verdadera necesidad.) Pronto todos querrán tener aún más razón, más razón que ciertas otras personas del grupo, lo que degenerará en luchas internas y acaloradas discusiones trufadas de ataques personales.

Quizá quiera tener más razón todavía. Entonces vaya e implíquese en alguna campaña de desobediencia civil, haga que le detengan, haga que la policía le dé una paliza. Demuestre con su sufrimiento lo monstruosas que son las autoridades. ¡Mirad lo que me han hecho!

No digo que la protesta y la acción directa provengan siempre, o ni siquiera normalmente, del sentimiento de superioridad moral. También son vías poderosas para alterar la historia que permite que florezca la injusticia. Pueden revelar la fealdad que se oculta tras la fachada de lo normal. Sin duda, la mayoría de los activistas acérrimos se mueve por una mezcla de auténtico servicio y de superioridad moral. La medida en que esté presente el segundo motivo se reflejará en los resultados. Alcanzará usted su meta: parecer bueno y tener razón, y hacer que sus adversarios parezcan malos. Y hará aumentar la cantidad de odio en el mundo. Sus simpatizantes odiarán a los malvados y protestarán furiosamente contra ellos. Supongo que la esperanza tácita es que si esta furia aumenta lo suficiente, todos nos alzaremos y derribaremos a las élites. ¿Pero qué crearemos en su lugar, impregnados como estamos de superioridad moral y de la ideología de la guerra?

La mentalidad combativa tiene la desventaja adicional de alejar a quienes no están comprometidos, que perciben la meta de ser moralmente superiores bajo la meta declarada de cambiar la sociedad. Cuando la gente es hostil hacia la feminista airada, el vegano fanático, el ecologista combativo, no se limita a defender su Historia del Mundo y la satisfacción consigo mismo que ésta le permite: se está defendiendo de un ataque implícito. El activismo, sea por el cambio social o para que nuestra familia adopte una dieta más sana, que provoca hostilidad podría ser un reflejo de discordia interna.

Incluso cuando la respuesta a esta actitud combativa no es hostil, es fácil rechazar a quien la manifiesta, pues en realidad no está comprometido con la causa, sino con la propia actitud combativa.

La activista Susan Livingston me escribió acerca de una propuesta que había redactado para un grupo de Occupy en Caltech que se oponía al contrato sobre biocombustibles de ese instituto con BP: «Surgió porque me inquietaba la actitud combativa de algunos de los asistentes a la reunión de autoenseñanza colectiva. No vi la preocupación que me gustaría ver por la comunidad del conflicto: la multitud de burócratas de nivel inferior, pequeños accionistas y propietarios de franquicias cuyos medios de vida dependen de BP. ¿Qué son, daños colaterales? Y especialmente después de ver The Drilling Fields, sobre la devastación humana y del medio ambiente en Nigeria a manos de Shell, no estoy demasiado dispuesta a señalar a BP como respuesta a los resentimientos de algunos estudiantes privilegiados que quieren nadar y guardar la ropa al mismo tiempo. Pero tenemos que empezar por alguna parte, y el privilegio conlleva la capacidad de organizar una campaña eficaz de resistencia.»

En este comentario, Susan establece una relación clave entre privilegio y actitud combativa. La combatividad, la mentalidad bélica, siempre implica daños colaterales. Siempre hay algo que sacrificar por la Causa. El sacrificio de otros (la «comunidad del conflicto») es también la mentalidad que define el elitismo: por la razón que sea, esos otros son menos importantes que yo, que mi clase, que mi causa. Los privilegiados están siempre sacrificando a otros por su propio bien (el de los otros). El hecho de que a veces se sacrifiquen también ellos no mitiga su elitismo.

Esto no quiere decir que se deba permitir que las compañías petroleras continúen con lo que están haciendo para preservar los medios de vida de los propietarios de las estaciones de servicio. Es solo que todos necesitan que se les vea y se les tenga en cuenta, no que se les deseche. Los combativos creen que renunciar a la lucha significa dejar que ganen los malos. Eso podría ser cierto si el mundo estuviera realmente dividido en buenos y malos, pero a pesar de lo que nos cuentan las películas, el mundo no es así. Por tanto, en la creación del cambio las alternativas a la lucha pueden ser más poderosas, y no menos.

Las acciones que se emprenden desde la superioridad moral casi siempre terminan simplemente validando esa superioridad moral a través de la respuesta hostil que generan. ¿Lo ven? ¡Ya decía yo que esas personas eran horribles! Las acciones directas, protestas, huelgas de hambre, etc. son poderosas solo en la medida en que estén exentas de superioridad moral. Cuando se emprenden como servicio deliberado a una visión de lo que podría ser son realmente poderosas. No hace falta que sean actos bélicos; pueden ser actos de decir la verdad, de bondad o de servicio. ¿Cómo saber si un acto es realmente de ese tipo y no una guerra disfrazada de amor? ¿Cómo saber cuáles son los móviles reales de nuestras actividades políticas, en Internet o en la calle? Bueno, si nos sentimos superiores a quienes no están comprometidos, si tenemos un sentimiento de condena o de autocomplacencia condescendiente hacia quienes no lo entienden (por los que, por tanto, hay que sacrificarse noblemente), entonces casi seguro que está presente el móvil de demostrar nuestra propia bondad. Y eso es lo que lograremos. Podremos irnos a la tumba llenos de admiración hacia nosotros mismos. Podremos hacer que inscriban en nuestra lápida: «Fue parte de la solución, no el problema… no como otros». ¿Pero no habríamos preferido cambiar el mundo?

Si usted cree que los ricos, los poderosos, los republicanos, los demócratas, los que practican la caza mayor, los ejecutivos de la industria cárnica, las empresas de fracturación hidráulica o cualquier otro subconjunto de la humanidad son malos (o vergonzosos, repugnantes, asquerosos, etc.), hágase esta pregunta: ¿Estaría dispuesto a renunciar a esa creencia si eso le convirtiese en un agente de cambio más eficaz? ¿Está dispuesto a analizar en qué medida su sistema de creencias es un juego gigantesco para mantener una autoimagen positiva?

Si siente algún desagrado hacia la mentalidad que acabo de describir, juzga a quienes viven en ella o se pone a la defensiva por si se le puede aplicar a usted, entonces quizá no esté totalmente libre de ella. Está bien. Esa mentalidad viene de una profunda herida que la civilización nos ha infligido a casi todos y cada uno de nosotros. Es el grito del yo separado: «¿Y yo qué?» Mientras sigamos actuando desde ese lugar, no importa quién gane la guerra contra (lo que consideren) el mal: el mundo no se desviará de su espiral de muerte.

Mucha gente (confío en no ser el único) toma lo que parecen decisiones éticas o morales con un objetivo secreto en mente: demostrarse a sí mismos y a los demás su propia virtud; darse permiso para gustarse y aprobarse. El socio inseparable de esta meta es el juicio al que se somete a quienes no toman esas decisiones. «Soy buena persona porque reciclo (no como otros)». «Soy buena persona porque soy vegano». «Soy buena persona porque apoyo los derechos de la mujer». «Soy buena persona porque hago donativos a organizaciones benéficas». «Soy buena persona porque practico la inversión socialmente responsable». «Soy buena persona porque he renunciado a las gratificaciones de la sociedad y comparto mi suerte con los oprimidos». «Soy buena persona porque vivo en el bosque comiendo raíces y bayas con huella de carbono cero». No nos damos cuenta de nuestro propio sentimiento de superioridad moral, pero los demás pueden olerla a un kilómetro. La hostilidad que los activistas y bienhechores suscitamos nos está diciendo algo. Es un reflejo de nuestra propia violencia.

Derrick Jensen dijo una vez frente a la famosa frase de Audre Lorde: «Me da igual de quién sean las puñeteras herramientas que estoy usando». La razón para evitar las herramientas del amo no es evitar algún tipo de mancha moral. No es distanciarnos de quienes ejercen el poder y demostrar a todo el mundo (y especialmente a nosotros mismos) que nos abstenemos de usar los mismos métodos que los opresores: es que estas herramientas son al final ineficaces.

Si construir una autoimagen positiva es la meta de nuestras acciones, eso es lo que lograremos; ni más ni menos. Iremos por la vida congratulándonos por nuestra ética superior, condenando a quienes no ven la luz y ofendidos por quienes no comparten nuestros sacrificios. Pero con el tiempo, la desolación de nuestra victoria será cada vez más evidente mientras el mundo se incendia a nuestro alrededor y nuestra necesidad más profunda, saber fuera de toda duda que estamos contribuyendo a un mundo más hermoso, sigue insatisfecha.

Una vez un lector me envió una respuesta intensamente crítica a un artículo que escribí sobre la República Democrática del Congo, diciendo que mi mención a los caudillos refuerza la narrativa de los salvajes africanos que necesitan la ayuda del hombre blanco y oculta la culpabilidad de los auténticos perpetradores en empresas y salas de juntas occidentales. En realidad, el primer tercio del artículo estaba dedicado a los orígenes externos del problema: el colonialismo, la esclavitud, la minería y las finanzas globales. Escribí que en nuestro actual sistema económico y financiero, siempre habrá un Congo. Incluso critiqué expresamente la mentalidad del «Gran Salvador Blanco». Así que, ¿con qué estaba enfadado en realidad el lector?

Mi posterior diálogo con él da una pista de lo que podría ser. Le respondí que estoy de acuerdo en que los caudillos son víctimas además de perpetradores, pero que lo mismo cabría decir de los presidentes de consejos de administración y los banqueros, y también de todos los que usamos teléfonos celulares fabricados con los escasos minerales terrestres extraídos, con gran violencia, de lugares como la RDC. Todos somos víctimas y perpetradores a la vez, dije. El verdadero culpable es el sistema; por tanto, cualquier estrategia que considere culpables a un grupo determinado de malvados es errónea y fracasará en última instancia.

La respuesta enfureció a mi crítico. «¿Cómo se atreve usted a crear cualquier equivalencia moral entre esos caudillos de salas de juntas que infligen conscientemente sufrimiento a millones de personas y el consumidor corriente que usa un teléfono móvil? Esas personas deben ser denunciadas, juzgadas, obligadas a rendir cuentas.»

Ajá, pensé. La razón por la que está enfadado es que mi artículo no valida su enfado basado en su sentimiento de superioridad moral. Claro que hay que denunciar el funcionamiento del sistema en todos los niveles, incluidas las salas de juntas. Pero si ese esfuerzo parte del supuesto de que estas personas son censurables y de que castigarlas y «obligarlas a rendir cuentas» resolverá fundamentalmente el problema, dejaremos intacto el núcleo de éste. Podríamos ver mejoras temporales, localizadas, pero la marea principal —una marea de odio y violencia— seguiría subiendo.

Algunas personas se enfurecen cada vez que leen algo que no apoye de algún modo la historia de «hay que pararles los pies a esas personas horribles de allí». Desplegarán epítetos como «ingenuo» o acusarán al autor de venderse, de ser un racista o un inocentón que no ve el mal de quienes están en el poder. (Esta persona insinuó que yo estaba suavizando mi narrativa para hacerla aceptable para los porteros de las revistas de prestigio.) En realidad sólo están defendiendo su historia. La vehemencia de los ataques también revela una dimensión personal, emocional, de su actitud defensiva. Ver a unas cuantas personas horribles como el problema lo coloca a uno en la categoría de «buena persona» y excusa su propia complicidad. Cualquier amenaza para la historia es así una amenaza para la bondad de uno mismo y la autoaceptación, y se percibe como una amenaza para la misma supervivencia; de ahí la feroz respuesta.

Por regla general, el modo en que nos defendemos de alguien que cree que somos malos es dirigir las mismas acusaciones contra el agresor. Miren las secciones de comentarios de los artículos de Internet. Aunque en la superficie las opiniones que hay en un sitio de derechas y en uno de izquierdas podrían ser contrarias, la narrativa subyacente es la misma: la otra parte carece de las cualidades básicas de la dignidad humana. Son unos ignorantes, hipócritas, estúpidos, inmorales, inexcusables, enfermos. No ocurre sólo en la política: lo mismo pasa en todo debate polarizado. El físico Max Tegmark, coautor de la Encuesta sobre Ciencia, Religión y Orígenes del MIT (y que es ateo), se sorprendió ante los vitriólicos comentarios no sólo de los fundamentalistas religiosos, sino aún más de los ateos. Señaló: «No puede sino sorprenderme cómo algunas personas tanto del extremo religioso del espectro como del antirreligioso comparten inquietantes semejanzas en el estilo de debate.»[24]

Obviamente, ambas partes no pueden tener razón en la tesis implícita de que su parte está integrada por una clase de ser humano mejor. Por eso es tan fructífero reunir en una sala a adversarios que se han demonizado mutuamente y crear unas condiciones en las que quede de manifiesto su mutua humanidad (como la escucha profunda o la suspensión temporal de los juicios). Israelíes y palestinos, activistas que defienden el derecho a decidir y activistas antiaborto, ecologistas y ejecutivos de grandes empresas aprenden que su cómoda explicación de «son simplemente malos» es inválida. Puede que mantengan sus diferencias de opinión y que sigan existiendo los sistemas generales que generan sus conflictos de interés; puede que sigan siendo adversarios, pero dejarán de ser enemigos.

Cuando las dos partes de una polémica se regodean en la derrota y la humillación de la otra parte, en realidad están del mismo lado: el lado de la guerra. Y sus discrepancias son mucho más superficiales que su acuerdo tácito y normalmente inconsciente: el problema del mundo es el mal.

Este acuerdo está casi en todas partes. Miren el argumento de tantas películas de Hollywood donde la resolución del drama viene de la derrota total de un malo irredimible. Desde películas realizadas para atraer a todo tipo de público como Avatar hasta películas infantiles como El Rey León o ¡Rompe Ralph!, la solución al problema es la misma: conquistar el mal. Es significativo que el tipo de película que recurre con más frecuencia a esta línea argumental, aparte de las infantiles, sean las «de acción». Con razón derrotar al malo se convierte tan a menudo en el supuesto programático incuestionado que subyace en toda clase de acción política. Huelga mencionar que es también la mentalidad definitoria de la guerra. Y puesto que la etiqueta «mal» es un medio para crear un «otro», cabría decir también que es la mentalidad definitoria de nuestra relación con todo lo que hemos convertido en otro: la naturaleza, el cuerpo, las minorías raciales, etc.

De un modo más sutil, los conceptos occidentales de historia y argumento contienen una especie de guerra incorporada dentro de la estructura habitual de tres o cinco actos en la que surge un conflicto que se resuelve. ¿Es posible otra estructura que no sea aburrida y que siga siendo una historia? Sí. Como observa el bloguero Still Eating Oranges, la estructura de las historias del Asia oriental llamada kishōtenketsu en japonés no se basa en el conflicto.[25] Pero en Occidente experimentamos casi de forma universal la historia como algo en lo que hay que superar a alguien o algo. Esto tiñe sin duda nuestra visión del mundo y hace que «el mal» —la esencia de aquello que debemos vencer— parezca bastante natural como base de las historias que construimos para comprender el mundo y sus problemas.

Nuestro discurso político, nuestros medios de comunicación, nuestros paradigmas científicos, incluso nuestro propio lenguaje nos predisponen a ver el cambio como resultado de la lucha, el conflicto y la fuerza. Actuar a partir de una nueva historia y construir una sociedad sobre ella exige una transformación total. ¿Nos atrevemos a hacerlo? ¿Qué pasa si estoy equivocado? Miremos más profundamente en la naturaleza del mal.

Notas finales:

[24] Max Tegmark, “Religion, Science and the Attack of the Angry Atheists”, Huffington Post (29 de febrero de 2013).

[25] “The significance of plot without conflict”, publicado en Tumblr el 15 de junio de 2012. N. de la T: la traducción al español de este ensayo está en este mismo blog: La importancia de la estructura argumental sin conflicto.

 

Charles Eisenstein, Capítulo 27 de The More Beautiful World Our Hearts Know is Possible. Texto original en inglés.

Otros textos del mismo autor traducidos al español por Guerrilla Translation.

 

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Una respuesta a La superioridad moral || Charles Eisenstein

  1. “Puede más el amor que la ideología”, era el argumento de un pequeño corto que hice, no exento de cierta superioridad moral. Muy interesante el artículo; ha puesto palabras a algo que intuía desde hace años. Al cine norteamericano yo le llamo “cine de la ira y venganza”. Tomo nota del artículo de los argumentos sin conflictos, me interesa muchísimo…

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