El recorrido desde el trauma infantil hasta la adicción || Billy Manas

«¿Te importaría cambiarte?»

Cuando mi madre me preguntó eso, creí que se refería a que iba a llevarme a casa para que me cambiara de ropa. Desgraciadamente, lo que me estaba preguntando era si me importaba cambiarme del horario de mañana del jardín de infancia al de tarde.

Como muchos niños de cinco años, mi comprensión de cómo funcionaba el mundo era bastante limitada.

Al día siguiente, me presentaron a mi nueva maestra y a otros 30 niños y niñas totalmente desconocidos. Fue un poco abrumador, pero me preparó para lo que estaba por venir.

Entre el primer grado y el decimosegundo, fui a 12 colegios. En ese periodo, mis padres pasaron por el proceso de vender nuestra casa y comprar otra unas siete veces. En un barrio tras otro, yo era el perpetuo «niño nuevo». Siempre desconocido, fuera de lugar y desarraigado.

Esta situación configuró quién fui en mi infancia. Al no haber tenido nunca la oportunidad de aprender de la amistad o de crear lazos duraderos con otros niños y niñas de mi edad, no tuve mucha más elección que convertirme en un solitario. Mi guitarra, mis discos y mis libros eran las únicas cosas que podía llevar de ciudad en ciudad y la única constante en mi vida.

El colegio, por otra parte, fue siempre un suceso traumático tras otro. Mi incapacidad para llevarme bien con mis iguales desembocó en una serie casi interminable de acoso, amenazas y, cuando fui lo bastante mayor, rechazos de chicas. Si hubiera tenido la suficiente sutileza, es probable que habría podido superado el reto de ser uno de los niños más pequeños de mi clase; sin embargo, la sutileza es un atributo que no es fácil de adquirir para alguien constantemente marginado.

Tenía 20 años y estaba en la universidad la primera vez que me fumé un canuto y, mirando atrás, fue un momento significativo. En el momento en que estuve colocado, sentí como si me hubieran liberado de las cadenas que había llevado toda mi vida. Me hice el propósito de no volver a sentir nunca jamás lo que había estado sintiendo. Ese fue el principio de una relación de amor/odio con sustancias ilegales que duró veinte años.

Por desgracia, no soy la excepción. En mis nueve años de abstinencia, las innumerables reuniones de Narcóticos Anónimos a las que he asistido y las charlas que he dado como voluntario en cárceles y centros de rehabilitación, no recuerdo ni una sola vez que alguien dijera que había empezado a colocarse porque era divertido.

La adicción, en la medida en que pude observar, era un fenómeno que empezaba de forma accidental. Era como si todas estas personas hubieran estado llevando consigo cientos de kilos durante toda su infancia y luego hubieran descubierto una forma de quitárselos por fin de encima. Una vez que había pasado eso, era casi imposible volver a cargar con ellos.

Este es el grave problema de la recuperación. No se trata solamente de dejar de meterse ciertas sustancias en el cuerpo. Es la reconstrucción general de toda una serie de mecanismos de afrontamiento. Es mucho más complicado de lo que mucha gente cree. ¿Cómo explicar si no la reticencia de tantas personas a parar, incluso cuando las consecuencias van desde la cárcel hasta la muerte, pasando por todos los lugares intermedios?

El doctor Daniel Sumrok, director del Centro de Ciencias de la Adicción de la Escuela de Medicina del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Tennessee, ha llegado incluso a escribir que la adicción no debería llamarse adicción, sino «búsqueda compulsiva y ritualizada de consuelo». Sumrok prosigue dando fe de que esta búsqueda de consuelo es una respuesta normal a experiencias negativas de la infancia, del mismo modo que «sangrar es una respuesta normal a una cuchillada».

En todos mis años de voluntario en el campo de la recuperación, esta teoría parece la más realista. Por eso la «guerra contra las drogas» de Estados Unidos ha fracasado de forma tan estrepitosa. Encerrar a una persona adicta o alcohólica es igual de lógico que encerrar a alguien con diabetes o cáncer. Incluso más que las implicaciones morales de encarcelar a personas enfermas no violentas, el hecho de que, en Estados Unidos, cada año mueran de sobredosis 50.000 personas debería servir para indicar el poco éxito de estas medidas.

La conclusión es que tenemos que ver la adicción de otra forma. El castigo no funciona y nunca ha funcionado. A menos que, como sociedad, empecemos a abordar este problema con amor y empatía, nunca va a mejorar.

Lo sé por mí mismo; me parecía tan importante convertir mi empatía en algo proactivo que escribí un libro para tratar de ayudar a otras personas. Eso, según el Dalai Lama, es «nuestro principal propósito en esta vida». La cita continúa diciendo que, si no puedes hacer eso, «al menos no les hagas daño».

Es decir: sé compasivo. La adicción no es más que una respuesta natural a una situación antinatural.

 

Texto original en inglés: “The Journey from Childhood Trauma to Addiction”, de Billy Manas, publicado en Elephant Journal el 15 de noviembre de 2019.

Desde enero de 2013 traduzco del inglés al español textos sobre budismo y los publico en mi blog ‘Dharma en español’ . En septiembre de 2015 abrí este segundo blog para traducir y publicar otros textos, incluso algunos textos propios. Mi intención es seguir haciéndolo como hasta ahora, gratuitamente. Si te ha sido útil lo que has leído y quieres invitarme a un café, puedes hacerlo aquí 🙂 ¡Gracias!

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