No todo ocurre por una razón || Tim Lawrence

grief+picSalgo de esta conversación perplejo. Lo he visto un millón de veces, pero sigue afectándome cada vez.

Estoy escuchando a un hombre contar una historia: una conocida suya sufrió un devastador accidente de coche; su vida se hizo añicos en un instante. Ahora vive en un estado de dolor casi permanente, parapléjica, arrebatadas muchas de sus esperanzas.

El hombre cuenta que antes del accidente la vida de esta mujer era un desastre, pero que la tragedia había traído cambios positivos a su vida. Que, como consecuencia de esta devastación, vivía una vida maravillosa.

Y luego pronuncia las palabras. Las palabras que son responsables de algo que no es más que violencia emocional, espiritual y psicológica:

Todo ocurre por una razón. Que esto era algo que tenía que pasar para que ella madurase.

Esa es la clase de puta mentira que destruye vidas. Y es rotundamente incierto.

Me parece increíble que persistan tantos de estos mitos, y esa es la razón por la que divulgo en mi boletín gratuito herramientas y estrategias prácticas para trabajar con el dolor. Estos mitos no son más que lugares comunes disfrazados de sofisticación y nos impiden hacer lo único que debemos hacer cuando nuestra vida se vuelve del revés: llorar la pérdida.

Ustedes saben exactamente de lo que hablo. Las han oído en incontables ocasiones. Es probable que incluso las hayan pronunciado alguna vez. Y todas y cada una de estas palabras deben ser aniquiladas.

Permítanme que sea claro como el agua: si han vivido una tragedia y alguien les dice de algún modo o forma que tenía que suceder, que ocurrió por una razón, que les hará mejores personas o que asumir la responsabilidad de esa tragedia lo arreglará, tienen todo el derecho del mundo a borrar a esa persona de su vida.

El duelo, llorar una pérdida, es brutalmente doloroso. No sólo se llora la pérdida cuando muere alguien. Se llora la pérdida cuando se viene abajo una relación. Se llora la pérdida cuando se echan por tierra las oportunidades. Se llora la pérdida cuando mueren los sueños. Se llora la pérdida cuando una enfermedad nos destroza.

Así que voy a repetir unas palabras que he pronunciado innumerables veces; unas palabras tan poderosas y sinceras que rompen en mil pedazos la arrogancia de todos los imbéciles que participan en el menosprecio del duelo:

Hay cosas en la vida que no tienen arreglo: sólo pueden llevarse consigo.

Estas palabras son de mi querida amiga Megan Devine, una de los pocos autores del campo de la pérdida y el trauma a los que apoyo. Y son tan conmovedoras porque apuntan directamente a los patéticos lugares comunes que nuestra cultura ha llegado a plasmar de un modo cada vez más desesperanzador. Perder un hijo no tiene arreglo. El diagnóstico de una enfermedad debilitante no tiene arreglo. Sufrir la traición de nuestro confidente más íntimo no tiene arreglo.

Solo pueden llevarse consigo.

Siento decepcionarles, pero aunque la devastación puede hacernos madurar, muchas veces no es así. La realidad es que muchas veces destruye vidas. Y la auténtica desgracia es que esto ocurre precisamente porque hemos sustituido el duelo con consejos. Con lugares comunes. Con nuestra ausencia.

Ahora vivo una vida extraordinaria. Disfruto de la enorme bendición de las oportunidades que he tenido y de la vida radicalmente poco convencional que me he construido. Pero dicho esto, no bromeo cuando digo que la pérdida en sí y por sí no me han hecho mejor persona. En realidad, me ha endurecido en muchos aspectos.

Aunque tantas pérdidas me han hecho ser plenamente consciente del dolor de los demás y empático, también me han convertido en un ser más aislado y predispuesto a esconderme. Tengo una visión más escéptica de la naturaleza humana y menos paciencia con quienes desconocen lo que la pérdida le hace a la gente.

Sobre todo, me queda una omnipresente culpa del superviviente que lleva persiguiéndome toda la vida. Esta culpa es en realidad el origen de mi ocultación, mi autosabotaje y mi quebrantamiento.

En resumen, mi dolor no ha sido erradicado nunca, solo he aprendido a encauzarlo en mi trabajo con los demás. Considero que es un gran privilegio trabajar con otras personas que sufren, pero decir que mis pérdidas de algún modo tenían que ocurrir para que crecieran mis dones sería pisotear la memoria de todos aquellos a los que perdí demasiado jóvenes, de todos los que sufrieron sin necesidad y de todos lo que afrontaron las mismas pruebas que yo afronté a edad temprana pero no las superaron.

Me niego a hacer eso. No voy a construir ningún tipo de falacia narrativa engañosa para poder sentirme mejor por estar vivo. No voy a suponer que Dios dispuso que viviera en lugar de todos los demás para que pudiera hacer lo que hago ahora. Y desde luego no voy a fingir que lo he conseguido simplemente porque fui lo bastante fuerte; que tuve «éxito» porque «asumí la responsabilidad».

Hay un montón de lugares comunes del tipo «asume tu responsabilidad» en el espacio del desarrollo personal y casi todos son chorradas. La gente le dice a alguien que asuma la responsabilidad cuando no quiere comprender.

Porque comprender es mucho más difícil que adoptar una pose. Decirle a alguien que «asuma la responsabilidad» de su pérdida es una forma de masturbación caritativa. Es lo contrario del porno inspiracional: es porno mojigato.

La responsabilidad personal implica que hay algo cuya responsabilidad hay que asumir. Uno no asume la responsabilidad de ser violado o de perder un hijo. Uno asume la responsabilidad de lo que decide vivir después de los horrores a los que hace frente, pero no decide si llorar la pérdida. No somos tan listos ni tan poderosos. Cuando nos visita el infierno, no podemos escapar del duelo.

Por eso todos los lugares comunes y arreglos y poses son tan peligrosos: al volcarlos sobre quienes decimos que amamos, les negamos el derecho a llorar la pérdida.

Y al actuar así, les negamos el derecho a ser humanos. Les robamos un poco de su libertad precisamente cuando están en la encrucijada de su máxima fragilidad y desesperación.

Nadie —o sea, nadie— tiene esa autoridad. Aunque la reivindiquemos todo el tiempo.

Lo irónico es que lo único que puede ser incluso «responsable» en medio de la pérdida es llorarla.

Así que si alguien les dice algún tipo de supéralo, pasa página o sigue adelante, pueden dejar que se vaya.

Si alguien les evita en mitad de la pérdida o hace como que no ha pasado o desaparece de su vida, pueden dejar que se vaya.

Si alguien les dice que no todo está perdido, que ha ocurrido por una razón, que serán mejores como consecuencia de su pena, pueden dejar que se vaya.

Déjenme que lo repita: todos esos lugares comunes son una puta mentira.

Ustedes no son responsables ante quienes intentan hacer que se las traguen. Pueden dejar que se vayan.

No digo que es lo que deberían hacer. Eso depende de ustedes y solo de ustedes. No es una decisión fácil y debería tomarse con cuidado. Pero quiero que entiendan que pueden hacerlo.

He llorado la pérdida muchas veces en mi vida; la vergüenza y el odio a mí mismo me han abrumado tanto que casi acabaron conmigo.

Las personas que ayudaron —las únicas que ayudaron— fueron quienes estuvieron allí. Y no dijeron nada.

En esa nada, lo hicieron todo.

Estoy aquí —he seguido viviendo— porque esas personas escogieron amarme. Me amaron en su silencio, en su voluntad de sufrir conmigo, a mi lado y a través de mí. Me amaron en su deseo de sentirse tan incómodas, tan destrozadas, como me sentía yo, aunque fuera solo una semana, una hora, incluso apenas unos minutos.

La mayoría de la gente no tiene ni idea de lo enormemente poderoso que es esto.

¿Hay formas de encontrar la «curación» en medio de la devastación? Sí. ¿Nos puede «transformar» el infierno al que nos arroja la vida? Por supuesto. Pero eso no ocurre si no se nos permite llorar la pérdida. Porque el duelo en sí no es un obstáculo.

Los obstáculos vienen después. Las opciones de cómo vivir, cómo llevar con nosotros lo que hemos perdido, cómo tejernos un nuevo tapiz, vienen después del duelo. No puede ser de ningún otro modo.

El duelo está entretejido en la estructura de la experiencia humana. Si no se permite que ocurra, su ausencia saquea todo lo que queda: la frágil y vulnerable concha en que podríamos convertirnos ante la catástrofe.

Pero nuestra cultura trata el duelo como un problema que hay que resolver, una enfermedad que hay que curar o ambas cosas. En el proceso, hemos hecho todo lo posible para evitarlo, ignorarlo o transformarlo. Como consecuencia, cuando estamos frente a una tragedia solemos encontrarnos con que ya no estamos rodeados de personas, sino de lugares comunes.

Qué ofrecer en cambio

Cuando una persona está destrozada por el duelo, lo último que necesita son consejos. Su mundo se ha hecho añicos. Eso significa que el acto de invitar a alguien —a cualquiera— a entrar en él es un acto muy arriesgado. Tratar de arreglar o racionalizar o eliminar su dolor solo hace que su terror aumente.

En cambio, lo más poderoso que pueden hacer es reconocer. Decir literalmente las palabras:

Reconozco tu dolor. Estoy aquí contigo.

Obsérvese que he dicho contigo, no para ti. Para implica que van a hacer algo. Eso no les corresponde a ustedes. Pero permanecer con su ser querido, sufrir con él, escucharle, hacer todo salvo algo es increíblemente poderoso.

No hay nada mejor que el reconocimiento. Y el reconocimiento no requiere preparación, un talento especial, conocimientos especializados. Sólo requiere la voluntad de estar presente con un alma herida y permanecer presente mientras sea necesario.

Estén allí. Solo estén allí. No se vayan cuando se sientan incómodos o cuando crean que no están haciendo nada. En realidad, es precisamente cuando se sienten incómodos y como si no estuvieran haciendo nada cuando deben quedarse.

Porque es en esos lugares —en las sombras del horror en las que rara vez nos permitimos entrar— donde se encuentra el comienzo de la curación. Esta curación se encuentra cuando tenemos a otros dispuestos a entrar en ese espacio con nosotros. Cada persona que llora su pérdida en la tierra necesita a estas personas.

Por tanto, les ruego, les imploro: sean una de estas personas.

Son ustedes más necesarios de lo que jamás sabrán.

Y cuando ustedes se encuentren en necesidad de esas personas, búsquenlas. Les garantizo que están allí.

Todos los demás pueden irse.

 

Texto original en inglés: © Tim Lawrence, Everything Doesn’t Happen For A Reason. Traducido con permiso del autor.

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Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 2.900 veces en 2015. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 48 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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That 1 Guy || Donna Rushing

that1guyMi hermano mayor, Bill Watson, estaba obsesionado con un músico conocido como That 1 Guy. Un año, cuando fui a visitarlo a nuestra casa familiar en Fort Worth (Texas), me dijo: «¡Mira esto! ¡Hace toda esta música él solo, con un instrumento que ha inventado él! No sé cómo lo hace, pero escucha esto…» Y puso a todo volumen la música de That 1 Guy en los altavoces del viejo estéreo de papá (de esos tipo vitrina, construido por él mismo, que ocupan todo lo ancho de la pared de la habitación, ya sabes). Estaba ALTA. Era electrónica, y rock, y riffs de guitarra, y cuerdas, y ritmo y una buena voz, profunda y gutural. Al año siguiente fui a verlo otra vez y dijo: «¡Mira esta música! Es de That 1 Guy…» Yo: «Lo sé, lo sé, me la pusiste el año pasado…» Bill: «Y hace toda esta música él solo con un instrumento que ha inventado…» Yo: «Ya lo sé, Bill; ya me lo has dicho…» Y puso otra vez That 1 Guy a todo volumen por los altavoces.

Anoche volví de un viaje a Vancouver a tiempo para pasarme por The Wild Buffalo y tratar de llegar a la última actuación de That 1 Guy. Por desgracia, no llevaba dinero, y para una hora o menos de música, no me apetecía correr a sacar 15 dólares para menos de una actuación. Se lo conté al portero y sonrió un poco, pero siguió siendo el portero. Así que me quedé en la acera, donde, gracias al volumen, podía oír a That 1 Guy y verlo conjurando su música extraña e incluso hermosa en el escenario. Hablé con un par de personas que estaban delante del bar —un artista y un borracho feliz al que habían echado a patadas— y respiré demasiado humo de los cigarrillos de la gente. Después de unos 15 minutos, me quedé prácticamente sola saltando al ritmo de la música para mantenerme en calor. El portero abrió la puerta y me hizo un gesto para que entrara. Llegué al último par de canciones de la actuación, y luego That 1 Guy tocó un estupendo y largo bis. Lo miré y pensé en Bill y en que estaba mirando a That 1 Guy por él y en que le habría encantado verlo en vivo. That 1 Guy en vivo y Bill vivo.

Luego hice cola para decirle a That 1 Guy que mi hermano mayor Bill había estado obsesionado con él: lo oía en la radio, luego compró su cedé (que desapareció con todo menos dos de sus cedés después de su muerte, otra historia para otro momento). Me contó que acababa de tocar en Fort Worth. Le conté que mi hermano había muerto hacía unos años. Dijo que lo sentía. Me dio las gracias por contarle la historia y le pregunté si podía darle un abrazo. Ojalá hubiera pensado decir: «Todos morimos». Ojalá me hubiera regalado un póster gratis. Ojalá Bill y yo hubiéramos podido verlo juntos. Pero eso fue todo lo que pude hacer, así que le di un abrazo.

That 1 Guy (texto original del relato, en inglés). That 1 Guy, el músico.

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Dusk is falling

Anochecer. (c) Jesús Miramón

Anochecer. (c) Jesús Miramón

 

Dusk is falling
and the sky, with all its colours,
is growing ever larger,
until it devours the sun,
all the clouds,
the horizon,
the road,
the car;
until it devours me.

 

Panillo (Huesca), 26 de noviembre de 2009

 

Traducción al inglés de Henrietta Fielden. Versión original en español.

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Desconfía de las historias simples || Tyler Cowen

Tyler Cowen.TED[Charla de Tyler Cowen en TEDxMidAtlantic, noviembre de 2009. Lo que sigue es una traducción de esta transcripción]

Me han pedido que venga aquí y les cuente historias, pero lo que me gustaría hacer en cambio es contarles por qué desconfío de las historias, por qué las historias me ponen nervioso. En realidad, muchas veces, cuanto más inspirado hace que me sienta una historia, más nervioso me pongo. Así que las mejores historias suelen ser las más engañosas.

Lo bueno y lo malo de las historias es que son una especie de filtro. Toman un montón de información, dejan parte fuera y conservan otra parte. Pero lo que pasa con este filtro es que siempre deja las mismas cosas dentro. Siempre nos dejan el mismo puñado de historias. Según un antiguo dicho, casi todas las historias se pueden resumir en «un forastero llegó a la ciudad». Hay un libro de Christopher Booker[1] según el cual solo hay siete tipos de historias: el monstruo, de mendigo a millonario, la búsqueda, viaje y regreso, comedia, tragedia y renacimiento. No hace falta estar totalmente de acuerdo con la lista, pero lo importante es esto: si pensamos a través de historias, nos estamos contando las mismas cosas una y otra vez.

Se hizo un estudio en el que pedimos a algunas personas que describieran su vida. Y lo interesante es que algunas dijeron: «un caos». Probablemente es la mejor respuesta, y no lo digo en el mal sentido. Un «caos» puede liberar, un «caos» puede empoderar, un «caos» puede ser una forma de recurrir a múltiples puntos fuertes. Pero lo que la gente quería decir era: «Mi vida es un viaje». El 51% quería convertir su vida en una historia. El 11% dijo: «Mi vida es una batalla». Eso también es un tipo de historia. El 8% dijo: «Mi vida es una novela»; el 5%, «mi vida es una obra de teatro». Creo que nadie dijo: «Mi vida es un reality show».

Una vez más imponemos un orden en el caos que observamos y lo hacemos adoptando los mismos modelos, y cuando algo tiene forma de historia, muchas veces lo recordamos cuando no deberíamos hacerlo. ¿Cuántos de ustedes conocen la historia de George Washington y el cerezo? No es obvio que fuera eso lo que pasó exactamente. La historia de Paul Revere: no es obvio que las cosas sucedieran exactamente así. Así que, repito: debemos desconfiar de las historias. Estamos programados biológicamente para responder a ellas. Las historias contienen un montón de información. Tienen poder social. Nos conectan con otras personas. Así que son una especie de caramelo que nos dan cuando consumimos información política, cuando leemos novelas. Cuando leemos libros de no ficción en realidad nos están dando historias. La no ficción es, en cierto sentido, la nueva ficción. Puede que el libro diga cosas ciertas, pero todo adopta la misma forma de estas historias.

Entonces, ¿cuáles son los problemas de confiar demasiado en las historias? Vemos nuestra vida como «esto» en lugar del caos que es o que debería ser. Pero, más específicamente, pienso en algunos problemas importantes cuando pensamos demasiado a través de la narrativa. En primer lugar, las narraciones tienden a ser demasiado simples. La clave de la narración es despojar, no sólo hasta dejarlo en 18 minutos, sino que podríamos resumir la mayoría de las narraciones en una o dos frases. Así que cuando quitamos los detalles, tendemos a contar historias de buenos y malos, sea una historia de nuestra propia vida o una historia sobre política.

Ahora bien, algunas cosas son realmente sobre buenos y malos. Eso lo sabemos todos, ¿no? Pero creo que, normalmente, nos sentimos demasiado inclinados a contar una historia de buenos y malos. Como sencilla regla general, imaginen que cada vez que cuentan una historia de buenos y malos rebajan básicamente su CI diez puntos o más. Si solo adoptaran esto como una especie de hábito mental interno, es, en mi opinión, una forma de ser mucho más inteligentes bastante rápido. No tienen que leer más libros. Solo imagínense apretando un botón cada vez que cuentan la historia de buenos y malos, y al apretar el botón bajan su CI diez puntos o más.

Otro tipo de historias populares, no sé si conocen las películas de Oliver Stone o Michael Moore. No podemos hacer una película y decir: «Todo fue un gran accidente». No: tiene que ser un complot, personas que se juntan para conspirar, porque las historias tratan de la intención. Las historias no tratan del orden espontáneo o de instituciones humanas complejas que son producto de la acción humana, pero no del diseño humano. No: las historias son sobre malos que se juntan para conspirar. Así que oyen historias sobre conspiraciones o incluso historias sobre buenos que se juntan para conspirar, como cuando ven una película. Esta es, de nuevo, una razón para desconfiar. Como buena regla general, cuando oigo una historia, ¿cuando debería desconfiar especialmente? Si oyen una historia y piensan: «¡Caray, eso sería una película genial!», allí es donde debería saltar la alarma un poco más y deberíamos empezar a pensar más en que quizá todo sea un poco un caos.

Otra historia o guión común es la afirmación de que «tenemos que ser duros». Oímos esto en muchos contextos. «Tenemos que ser duros con los bancos». «Tenemos que ser duros con los sindicatos». «Tenemos que ser duros con este país, con este dictador extranjero, con alguien con quien estamos negociando». Ahora bien, de nuevo, no se trata de estar en contra de ser duros. A veces debemos ser duros. Ser duros con los nazis fue bueno. Pero esta es una historia en la que nos apoyamos con demasiada facilidad. Cuando no sabemos realmente por qué pasó algo, culpamos a alguien y decimos: «Tenemos que ser duros con ellos», como si a nuestros predecesores nunca se les hubiera ocurrido la idea de ser duros. Yo suelo considerarlo una especie de pereza mental. No es más que una historia que contamos. «Tenemos que ser duros, tuvimos que ser duros, tendremos que ser duros». En general, es una especie de aviso.

Otro tipo de problema con las historias es que solo podemos meternos un número determinado de historias en la cabeza a la vez o a lo largo de un día o incluso a lo largo de una vida. Así que nuestras historias sirven para demasiados fines. Por ejemplo, solo para salir de la cama por la mañana nos contamos la historia de que nuestro trabajo es realmente importante, que lo que vamos a hacer es realmente importante, y tal vez lo sea, pero me cuento esta historia incluso cuando no es verdad. ¿Y saben qué? Esa historia funciona. Me saca de la cama. Es una especie de autoengaño, pero el problema surge cuando necesito cambiar esa historia. La razón de ser de la historia es que me aferro a ella y la mantengo, y me saca de la cama. Así que cuando lo que estoy haciendo es en realidad una pérdida de tiempo, en el caos de mi vida, estoy demasiado atado a la historia que me saca de la cama, cuando lo ideal es que tuviera algún tipo de mapa complejo de historias en la cabeza, con combinatorias y una matriz de cálculo, etc. Pero las historias no funcionan así. Las historias, para que funcionen, tienen que ser simples, fáciles de entender, fáciles de contar a los demás, fáciles de recordar. Así que las historias tienen un uso doble y contradictorio, y con mucha frecuencia nos llevarán por mal camino.

Yo antes pensaba que estaba en el campo de los economistas, era uno de los buenos y estaba aliado con otros buenos y luchábamos contra las ideas de los malos. ¡Pensaba eso! ¡Y probablemente estaba equivocado! Quizá a veces sea de los buenos, pero en algunas cuestiones, me di cuenta por fin: «pues mira, yo no era de los buenos». No estoy seguro de que fuera de los malos en el sentido de tener mala intención, pero me era muy difícil salir de esa historia.

Una cosa interesante sobre sesgos cognitivos, el tema de tantos libros últimamente. Está el libro del pequeño empujón, el del impulso irracional, el de la inteligencia intuitiva, como el libro cuyo título tiene una sola palabra… todo acerca de las formas en las que la cagamos. Y hay muchísimas formas, pero lo que me parece interesante es que ninguno de estos libros identifica lo que, para mí, es la forma fundamental y más importante de cagarla, que es que nos contamos demasiadas historias o nos dejamos seducir con demasiada facilidad por las historias. ¿Y por qué estos libros no nos dicen eso? Porque los propios libros tratan de historias. Cuantos más libros de estos leamos, más aprendemos sobre algunos de nuestros sesgos… pero hacemos que algunos de nuestros otros sesgos empeoren esencialmente. Por tanto, los propios libros son parte de nuestro sesgo cognitivo. La gente los suele comprar como si fueran una especie de talismán, en plan: «He comprado este libro, no voy a ser predeciblemente irracional». Es como si la gente quisiera oír lo peor para poder prepararse psicológicamente o defenderse de ello. Por eso existe este mercado para el pesimismo. Pero creer que comprar el libro nos lleva a alguna parte podría ser la mayor falacia. No es más que la prueba de que las personas más peligrosas son aquellas a las que han enseñado conocimientos financieros. Esas son las que van por allí y cometen los peores errores. Es a la gente que se da cuenta que no sabe absolutamente nada a la que le va bastante bien al final.

Un tercer problema con las historias es que los de fuera nos manipulan con ellas, y que todos pensamos que la publicidad solo funciona con los demás, pero no es así. La publicidad funciona con todos nosotros, así que si están demasiado apegados a las historias, lo que va a pasar es que llegarán los que venden productos y envolverán su producto con una historia. Ustedes pensarán: «Mira, una historia gratis» y terminarán comprando el producto porque el producto y la historia van juntos.

Y si piensan en cómo funciona el capitalismo, aquí hay un sesgo. Veamos dos tipos de historias sobre coches. La historia A es: «Compra este coche y tendrás parejas guapas y románticas, y una vida fascinante». Hay un montón de gente que tiene un incentivo económico para promover esa historia. Pero digamos que la historia alternativa es: «En realidad no necesitas un coche tan bueno como indicarían tus ingresos. Lo que haces normalmente es mirar lo que hacen tus iguales y copiarlos. Esa es una buena heurística para un montón de problemas, pero en lo que se refiere a los coches, compra un Toyota.» Quizá Toyota tenga aquí un incentivo, pero incluso Toyota gana más dinero con los coches de lujo y menos con coches más baratos. Así que si piensan en el tipo de historias que terminan oyendo, terminan oyendo las historias de glamour, las seductoras, y les digo de nuevo que no se fíen de ellas. Son gente que usa su amor por las historias para manipularles. Den marcha atrás y digan: «¿Cuáles son los mensajes y cuáles son las historias que nadie tiene incentivos para contar?» y empiecen a contarse esas historias y a ver si cambian algunas de sus decisiones. Es una forma sencilla: nunca podrán salir del patrón de pensamiento que usa historias, pero pueden mejorar en qué medida piensan a través de historias y tomar algunas decisiones mejores.

Así, si pienso en esta charla, me pregunto, naturalmente: ¿qué es lo que aprenden de ella? ¿Qué historia aprenden de Tyler Cowen? Una historia que podrían aprender es la de la búsqueda. «Tyler vino y nos dijo que no pensáramos tanto a través de historias». Esa sería una de las historias que podrían contar sobre esta charla. Encajaría en un modelo muy conocido. Podrán recordarla. Podrían contarla a otras personas. «Llegó este tipo tan raro y dijo que no hay que pensar a través de historias. Déjame contarte lo que ha pasado hoy» y cuentan su historia. Otra posibilidad es contar una historia de renacimiento. Pueden decir: «Pensaba demasiado a través de historias, pero entonces oí a Tyler Cowen y ahora pienso menos a través de historias». Esa es también una narración que recordarán, que pueden contar a otras personas y que pueden recordar. También podrían contar la historia de una gran tragedia: «Este hombre, Tyler Cowen, llegó y nos dijo que no pensáramos a través de historias, pero lo único que pudo hacer fue contarnos historias sobre cómo otras personas piensan demasiado a través de historias».

Así que hoy, ¿cuál de ellas es? ¿Búsqueda, renacimiento, tragedia? ¿O tal vez una combinación de las tres? No estoy seguro en realidad, y no estoy aquí para decirles que quemen su reproductor de deuvedés y se deshagan de su Tolstoi. Pensar a través de historias es fundamentalmente humano. Dice Gabriel García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla, que usamos las historias para dar sentido a lo que hemos hecho, para dar significado a nuestras vidas, para establecer conexiones con otras personas. Nada de esto va a desaparecer, no debería desaparecer ni puede desaparecer. Pero como economista, pienso en la vida en el margen. La decisión extra: ¿deberíamos pensar más a través de historias o menos? Cuando oímos historias, ¿deberíamos desconfiar más? ¿Y de qué clase de historias deberíamos desconfiar? De nuevo, lo que les digo es que son las historias que más les gustan, las que consideran más gratificantes, las más inspiradoras. Las historias que no se centran en el coste de oportunidad o en las consecuencias complejas e involuntarias de la acción humana, porque a menudo eso no sirve para una buena historia. Así que muchas veces las historias son de triunfo o de lucha; hay fuerzas opuestas, que son malas o ignorantes; hay una persona en una búsqueda, alguien que hace un viaje y un forastero que llega a la ciudad. Y esas son sus categorías, pero no dejen que les hagan demasiado felices.

Como alternativa, en el margen (de nuevo, no quemen a Tolstoi), sean solo un poco más caóticos. Si yo tuviera que vivir realmente esos viajes y búsquedas y batallas, sería agobiante. Es como, madre mía, ¿no puedo tener mi vida en su caótica y ordinaria —dudo en usar la palabra— gloria? A mí me divierte, ¿tengo que seguir realmente algún tipo de narrativa? ¿No puedo vivir sin más? Así que estén más a gusto con el caos. Estén más a gusto con el agnosticismo, y me refiero a las cosas que les hacen sentirse bien. Es demasiado fácil escoger unas cuantas áreas en las que son agnósticos y luego sentirse bien, en plan: «soy agnóstico en religión o en política». Es una especie de cambio de carteras para ser más dogmáticos en otras cosas, ¿verdad? A veces las personas más fiables intelectualmente son las que escogen un área y son totalmente dogmáticas en eso. De un modo irrazonable y terco, piensan ustedes: «¿Cómo pueden creerse eso?» Pero eso absorbe su cabezonería y luego pueden ser bastante abiertas en otras cosas. Así que no caigan en la trampa de creer que, como son agnósticos en algunas cosas, son básicamente razonables en su autoengaño y sus historias y su amplitud de miras.

[Les ofrezco] esta idea de revolotear, de revolotear epistemológicamente, y del caos y de lo incompleto, y de que no todo se puede atar en un bonito lazo y de que en realidad no están aquí haciendo un viaje. Están aquí por alguna razón o razones caóticas, y quizá no sepan cuál es, y quizá yo no sepa cuál es, pero en cualquier caso estoy contento de haber sido invitado, y gracias a todos por escuchar.

[1] N. de la T.: Aquí hay una reseña de Página 12 sobre el libro.

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Anochece

Anochecer. (c) Jesús Miramón

Anochecer. (c) Jesús Miramón

Anochece
y el cielo, con todos sus colores,
se va haciendo cada vez más grande,
hasta devorar el sol,
todas las nubes,
el horizonte,
la carretera,
el coche;
hasta devorarme a mí.

Panillo (Huesca), 26 de noviembre de 2009

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La superioridad moral || Charles Eisenstein

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El modo en que ves a las personas es el modo en que las tratas, y el modo en que las tratas es aquello en lo que se convierten.

Goethe

Bajo el común acuerdo de que el problema del mundo es el mal y la solución es conquistarlo subyace una necesidad psicológica insatisfecha de autoaprobación. Dos tercios de nuestro discurso político se dirigen a satisfacer nuestra necesidad de tener razón, de alinearnos con el Bien. Si quien discrepa conmigo lo hace porque es estúpido, ingenuo, está engañado o es malvado, eso debe de querer decir que yo soy inteligente, astuto, tengo un criterio independiente y soy bueno. Tanto los juicios positivos como los negativos sirven para constituirnos en el punto de referencia tácito (perezoso significa «más perezoso que yo» y responsable significa «tan responsable como yo»).

¿Por qué visita usted realmente esas webs que le exaltan e indignan? Sea cual sea la explicación que se dé a sí mismo (por ejemplo, «para estar informado»), quizá el verdadero motivo sea la gratificación emocional, el recordatorio de que tiene la razón, es inteligente; en una palabra, bueno. Es de «los nuestros». Si necesita una reafirmación aún mayor, puede crear un grupo de discusión en Internet o un grupo presencial en el que usted y un montón de gente se reúne y habla de toda la razón que tienen y de lo horribles, incomprensibles, malas y enfermas que son esas otras personas. Lamentablemente, como esta gratificación es adictiva, ninguna cantidad será suficiente. (La verdadera necesidad aquí es de autoaceptación, y el sucedáneo ofrecido no satisface ni puede satisfacer la verdadera necesidad.) Pronto todos querrán tener aún más razón, más razón que ciertas otras personas del grupo, lo que degenerará en luchas internas y acaloradas discusiones trufadas de ataques personales.

Quizá quiera tener más razón todavía. Entonces vaya e implíquese en alguna campaña de desobediencia civil, haga que le detengan, haga que la policía le dé una paliza. Demuestre con su sufrimiento lo monstruosas que son las autoridades. ¡Mirad lo que me han hecho!

No digo que la protesta y la acción directa provengan siempre, o ni siquiera normalmente, del sentimiento de superioridad moral. También son vías poderosas para alterar la historia que permite que florezca la injusticia. Pueden revelar la fealdad que se oculta tras la fachada de lo normal. Sin duda, la mayoría de los activistas acérrimos se mueve por una mezcla de auténtico servicio y de superioridad moral. La medida en que esté presente el segundo motivo se reflejará en los resultados. Alcanzará usted su meta: parecer bueno y tener razón, y hacer que sus adversarios parezcan malos. Y hará aumentar la cantidad de odio en el mundo. Sus simpatizantes odiarán a los malvados y protestarán furiosamente contra ellos. Supongo que la esperanza tácita es que si esta furia aumenta lo suficiente, todos nos alzaremos y derribaremos a las élites. ¿Pero qué crearemos en su lugar, impregnados como estamos de superioridad moral y de la ideología de la guerra?

La mentalidad combativa tiene la desventaja adicional de alejar a quienes no están comprometidos, que perciben la meta de ser moralmente superiores bajo la meta declarada de cambiar la sociedad. Cuando la gente es hostil hacia la feminista airada, el vegano fanático, el ecologista combativo, no se limita a defender su Historia del Mundo y la satisfacción consigo mismo que ésta le permite: se está defendiendo de un ataque implícito. El activismo, sea por el cambio social o para que nuestra familia adopte una dieta más sana, que provoca hostilidad podría ser un reflejo de discordia interna.

Incluso cuando la respuesta a esta actitud combativa no es hostil, es fácil rechazar a quien la manifiesta, pues en realidad no está comprometido con la causa, sino con la propia actitud combativa.

La activista Susan Livingston me escribió acerca de una propuesta que había redactado para un grupo de Occupy en Caltech que se oponía al contrato sobre biocombustibles de ese instituto con BP: «Surgió porque me inquietaba la actitud combativa de algunos de los asistentes a la reunión de autoenseñanza colectiva. No vi la preocupación que me gustaría ver por la comunidad del conflicto: la multitud de burócratas de nivel inferior, pequeños accionistas y propietarios de franquicias cuyos medios de vida dependen de BP. ¿Qué son, daños colaterales? Y especialmente después de ver The Drilling Fields, sobre la devastación humana y del medio ambiente en Nigeria a manos de Shell, no estoy demasiado dispuesta a señalar a BP como respuesta a los resentimientos de algunos estudiantes privilegiados que quieren nadar y guardar la ropa al mismo tiempo. Pero tenemos que empezar por alguna parte, y el privilegio conlleva la capacidad de organizar una campaña eficaz de resistencia.»

En este comentario, Susan establece una relación clave entre privilegio y actitud combativa. La combatividad, la mentalidad bélica, siempre implica daños colaterales. Siempre hay algo que sacrificar por la Causa. El sacrificio de otros (la «comunidad del conflicto») es también la mentalidad que define el elitismo: por la razón que sea, esos otros son menos importantes que yo, que mi clase, que mi causa. Los privilegiados están siempre sacrificando a otros por su propio bien (el de los otros). El hecho de que a veces se sacrifiquen también ellos no mitiga su elitismo.

Esto no quiere decir que se deba permitir que las compañías petroleras continúen con lo que están haciendo para preservar los medios de vida de los propietarios de las estaciones de servicio. Es solo que todos necesitan que se les vea y se les tenga en cuenta, no que se les deseche. Los combativos creen que renunciar a la lucha significa dejar que ganen los malos. Eso podría ser cierto si el mundo estuviera realmente dividido en buenos y malos, pero a pesar de lo que nos cuentan las películas, el mundo no es así. Por tanto, en la creación del cambio las alternativas a la lucha pueden ser más poderosas, y no menos.

Las acciones que se emprenden desde la superioridad moral casi siempre terminan simplemente validando esa superioridad moral a través de la respuesta hostil que generan. ¿Lo ven? ¡Ya decía yo que esas personas eran horribles! Las acciones directas, protestas, huelgas de hambre, etc. son poderosas solo en la medida en que estén exentas de superioridad moral. Cuando se emprenden como servicio deliberado a una visión de lo que podría ser son realmente poderosas. No hace falta que sean actos bélicos; pueden ser actos de decir la verdad, de bondad o de servicio. ¿Cómo saber si un acto es realmente de ese tipo y no una guerra disfrazada de amor? ¿Cómo saber cuáles son los móviles reales de nuestras actividades políticas, en Internet o en la calle? Bueno, si nos sentimos superiores a quienes no están comprometidos, si tenemos un sentimiento de condena o de autocomplacencia condescendiente hacia quienes no lo entienden (por los que, por tanto, hay que sacrificarse noblemente), entonces casi seguro que está presente el móvil de demostrar nuestra propia bondad. Y eso es lo que lograremos. Podremos irnos a la tumba llenos de admiración hacia nosotros mismos. Podremos hacer que inscriban en nuestra lápida: «Fue parte de la solución, no el problema… no como otros». ¿Pero no habríamos preferido cambiar el mundo?

Si usted cree que los ricos, los poderosos, los republicanos, los demócratas, los que practican la caza mayor, los ejecutivos de la industria cárnica, las empresas de fracturación hidráulica o cualquier otro subconjunto de la humanidad son malos (o vergonzosos, repugnantes, asquerosos, etc.), hágase esta pregunta: ¿Estaría dispuesto a renunciar a esa creencia si eso le convirtiese en un agente de cambio más eficaz? ¿Está dispuesto a analizar en qué medida su sistema de creencias es un juego gigantesco para mantener una autoimagen positiva?

Si siente algún desagrado hacia la mentalidad que acabo de describir, juzga a quienes viven en ella o se pone a la defensiva por si se le puede aplicar a usted, entonces quizá no esté totalmente libre de ella. Está bien. Esa mentalidad viene de una profunda herida que la civilización nos ha infligido a casi todos y cada uno de nosotros. Es el grito del yo separado: «¿Y yo qué?» Mientras sigamos actuando desde ese lugar, no importa quién gane la guerra contra (lo que consideren) el mal: el mundo no se desviará de su espiral de muerte.

Mucha gente (confío en no ser el único) toma lo que parecen decisiones éticas o morales con un objetivo secreto en mente: demostrarse a sí mismos y a los demás su propia virtud; darse permiso para gustarse y aprobarse. El socio inseparable de esta meta es el juicio al que se somete a quienes no toman esas decisiones. «Soy buena persona porque reciclo (no como otros)». «Soy buena persona porque soy vegano». «Soy buena persona porque apoyo los derechos de la mujer». «Soy buena persona porque hago donativos a organizaciones benéficas». «Soy buena persona porque practico la inversión socialmente responsable». «Soy buena persona porque he renunciado a las gratificaciones de la sociedad y comparto mi suerte con los oprimidos». «Soy buena persona porque vivo en el bosque comiendo raíces y bayas con huella de carbono cero». No nos damos cuenta de nuestro propio sentimiento de superioridad moral, pero los demás pueden olerla a un kilómetro. La hostilidad que los activistas y bienhechores suscitamos nos está diciendo algo. Es un reflejo de nuestra propia violencia.

Derrick Jensen dijo una vez frente a la famosa frase de Audre Lorde: «Me da igual de quién sean las puñeteras herramientas que estoy usando». La razón para evitar las herramientas del amo no es evitar algún tipo de mancha moral. No es distanciarnos de quienes ejercen el poder y demostrar a todo el mundo (y especialmente a nosotros mismos) que nos abstenemos de usar los mismos métodos que los opresores: es que estas herramientas son al final ineficaces.

Si construir una autoimagen positiva es la meta de nuestras acciones, eso es lo que lograremos; ni más ni menos. Iremos por la vida congratulándonos por nuestra ética superior, condenando a quienes no ven la luz y ofendidos por quienes no comparten nuestros sacrificios. Pero con el tiempo, la desolación de nuestra victoria será cada vez más evidente mientras el mundo se incendia a nuestro alrededor y nuestra necesidad más profunda, saber fuera de toda duda que estamos contribuyendo a un mundo más hermoso, sigue insatisfecha.

Una vez un lector me envió una respuesta intensamente crítica a un artículo que escribí sobre la República Democrática del Congo, diciendo que mi mención a los caudillos refuerza la narrativa de los salvajes africanos que necesitan la ayuda del hombre blanco y oculta la culpabilidad de los auténticos perpetradores en empresas y salas de juntas occidentales. En realidad, el primer tercio del artículo estaba dedicado a los orígenes externos del problema: el colonialismo, la esclavitud, la minería y las finanzas globales. Escribí que en nuestro actual sistema económico y financiero, siempre habrá un Congo. Incluso critiqué expresamente la mentalidad del «Gran Salvador Blanco». Así que, ¿con qué estaba enfadado en realidad el lector?

Mi posterior diálogo con él da una pista de lo que podría ser. Le respondí que estoy de acuerdo en que los caudillos son víctimas además de perpetradores, pero que lo mismo cabría decir de los presidentes de consejos de administración y los banqueros, y también de todos los que usamos teléfonos celulares fabricados con los escasos minerales terrestres extraídos, con gran violencia, de lugares como la RDC. Todos somos víctimas y perpetradores a la vez, dije. El verdadero culpable es el sistema; por tanto, cualquier estrategia que considere culpables a un grupo determinado de malvados es errónea y fracasará en última instancia.

La respuesta enfureció a mi crítico. «¿Cómo se atreve usted a crear cualquier equivalencia moral entre esos caudillos de salas de juntas que infligen conscientemente sufrimiento a millones de personas y el consumidor corriente que usa un teléfono móvil? Esas personas deben ser denunciadas, juzgadas, obligadas a rendir cuentas.»

Ajá, pensé. La razón por la que está enfadado es que mi artículo no valida su enfado basado en su sentimiento de superioridad moral. Claro que hay que denunciar el funcionamiento del sistema en todos los niveles, incluidas las salas de juntas. Pero si ese esfuerzo parte del supuesto de que estas personas son censurables y de que castigarlas y «obligarlas a rendir cuentas» resolverá fundamentalmente el problema, dejaremos intacto el núcleo de éste. Podríamos ver mejoras temporales, localizadas, pero la marea principal —una marea de odio y violencia— seguiría subiendo.

Algunas personas se enfurecen cada vez que leen algo que no apoye de algún modo la historia de «hay que pararles los pies a esas personas horribles de allí». Desplegarán epítetos como «ingenuo» o acusarán al autor de venderse, de ser un racista o un inocentón que no ve el mal de quienes están en el poder. (Esta persona insinuó que yo estaba suavizando mi narrativa para hacerla aceptable para los porteros de las revistas de prestigio.) En realidad sólo están defendiendo su historia. La vehemencia de los ataques también revela una dimensión personal, emocional, de su actitud defensiva. Ver a unas cuantas personas horribles como el problema lo coloca a uno en la categoría de «buena persona» y excusa su propia complicidad. Cualquier amenaza para la historia es así una amenaza para la bondad de uno mismo y la autoaceptación, y se percibe como una amenaza para la misma supervivencia; de ahí la feroz respuesta.

Por regla general, el modo en que nos defendemos de alguien que cree que somos malos es dirigir las mismas acusaciones contra el agresor. Miren las secciones de comentarios de los artículos de Internet. Aunque en la superficie las opiniones que hay en un sitio de derechas y en uno de izquierdas podrían ser contrarias, la narrativa subyacente es la misma: la otra parte carece de las cualidades básicas de la dignidad humana. Son unos ignorantes, hipócritas, estúpidos, inmorales, inexcusables, enfermos. No ocurre sólo en la política: lo mismo pasa en todo debate polarizado. El físico Max Tegmark, coautor de la Encuesta sobre Ciencia, Religión y Orígenes del MIT (y que es ateo), se sorprendió ante los vitriólicos comentarios no sólo de los fundamentalistas religiosos, sino aún más de los ateos. Señaló: «No puede sino sorprenderme cómo algunas personas tanto del extremo religioso del espectro como del antirreligioso comparten inquietantes semejanzas en el estilo de debate.»[24]

Obviamente, ambas partes no pueden tener razón en la tesis implícita de que su parte está integrada por una clase de ser humano mejor. Por eso es tan fructífero reunir en una sala a adversarios que se han demonizado mutuamente y crear unas condiciones en las que quede de manifiesto su mutua humanidad (como la escucha profunda o la suspensión temporal de los juicios). Israelíes y palestinos, activistas que defienden el derecho a decidir y activistas antiaborto, ecologistas y ejecutivos de grandes empresas aprenden que su cómoda explicación de «son simplemente malos» es inválida. Puede que mantengan sus diferencias de opinión y que sigan existiendo los sistemas generales que generan sus conflictos de interés; puede que sigan siendo adversarios, pero dejarán de ser enemigos.

Cuando las dos partes de una polémica se regodean en la derrota y la humillación de la otra parte, en realidad están del mismo lado: el lado de la guerra. Y sus discrepancias son mucho más superficiales que su acuerdo tácito y normalmente inconsciente: el problema del mundo es el mal.

Este acuerdo está casi en todas partes. Miren el argumento de tantas películas de Hollywood donde la resolución del drama viene de la derrota total de un malo irredimible. Desde películas realizadas para atraer a todo tipo de público como Avatar hasta películas infantiles como El Rey León o ¡Rompe Ralph!, la solución al problema es la misma: conquistar el mal. Es significativo que el tipo de película que recurre con más frecuencia a esta línea argumental, aparte de las infantiles, sean las «de acción». Con razón derrotar al malo se convierte tan a menudo en el supuesto programático incuestionado que subyace en toda clase de acción política. Huelga mencionar que es también la mentalidad definitoria de la guerra. Y puesto que la etiqueta «mal» es un medio para crear un «otro», cabría decir también que es la mentalidad definitoria de nuestra relación con todo lo que hemos convertido en otro: la naturaleza, el cuerpo, las minorías raciales, etc.

De un modo más sutil, los conceptos occidentales de historia y argumento contienen una especie de guerra incorporada dentro de la estructura habitual de tres o cinco actos en la que surge un conflicto que se resuelve. ¿Es posible otra estructura que no sea aburrida y que siga siendo una historia? Sí. Como observa el bloguero Still Eating Oranges, la estructura de las historias del Asia oriental llamada kishōtenketsu en japonés no se basa en el conflicto.[25] Pero en Occidente experimentamos casi de forma universal la historia como algo en lo que hay que superar a alguien o algo. Esto tiñe sin duda nuestra visión del mundo y hace que «el mal» —la esencia de aquello que debemos vencer— parezca bastante natural como base de las historias que construimos para comprender el mundo y sus problemas.

Nuestro discurso político, nuestros medios de comunicación, nuestros paradigmas científicos, incluso nuestro propio lenguaje nos predisponen a ver el cambio como resultado de la lucha, el conflicto y la fuerza. Actuar a partir de una nueva historia y construir una sociedad sobre ella exige una transformación total. ¿Nos atrevemos a hacerlo? ¿Qué pasa si estoy equivocado? Miremos más profundamente en la naturaleza del mal.

Notas finales:

[24] Max Tegmark, “Religion, Science and the Attack of the Angry Atheists”, Huffington Post (29 de febrero de 2013).

[25] “The significance of plot without conflict”, publicado en Tumblr el 15 de junio de 2012. N. de la T: la traducción al español de este ensayo está en este mismo blog: La importancia de la estructura argumental sin conflicto.

 

Charles Eisenstein, Capítulo 27 de The More Beautiful World Our Hearts Know is Possible. Texto original en inglés.

Otros textos del mismo autor traducidos al español por Guerrilla Translation.

 

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